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Como bien señala el Premio Nobel de Economía Michael Spence, la economía global no está funcionando de manera adecuada: existe una brecha muy grande entre la demanda agregada y la oferta agregada, entre las inversiones por hacer y el capital disponible, y entre las promesas y desaciertos de los cambios tecnológicos. A ello podríamos sumar otros dos fenómenos relativamente probados: por un lado, la caída de la productividad global, y por otro, la caída de los altos ingresos de empresas "nuevas", también llamadas "emprendedoras". Todo ello sin mencionar los riesgos latentes de un estancamiento o mini-crisis financiera.

Las cosas, a nivel global, no están pasando por su mejor momento. Por supuesto, hay muchos motivos para ser optimista: la tecnología avanza día a día, la pobreza cae de manera inexorable, las distancias se achican, la democracia se asienta. No todo es color de hormiga. Lo que no significa que en regiones específicas (Medio Oriente, Latinoamérica y África) aún queden inmensos desafíos por delante.

Ante ello, a nivel local el debate transita por temas casi pedestres: si renegociamos tal o cual contrato, si se debe subir el sueldo mínimo, si hay que invertir en infraestructura y capital humano, y así. Obvio que hay que debatir todo ello, pero no son los problemas más relevantes. El candidato Alfredo Barnechea señaló que renegociaría el contrato del gas y le saltaron al cuello (¡hasta lo tildaron de chavista!). ¿Acaso no se puede renegociar ese gas? Por supuesto que sí se puede. Si se llega o no a una mejor posición para los intereses nacionales, pues eso se verá cuando se sienten a la mesa; y si no llegan, pues no pasó nada. Este gobierno renegoció el contrato social con la minería (pasamos del óbolo minero a una nueva estructura tributaria) y los resultados fueron muy malos, tanto para las comunidades (perdieron los recursos) como para las empresas. Pero eso no quita que no se pudo renegociar; enseña, sí, que la calidad de la negociación (qué pides) debería primar sobre el membrete.

Regresando al debate. Cada cinco años tenemos, entonces, la oportunidad de discutir qué clase de país queremos construir, o qué mejoras realizar. Son pocos, valgan verdades, los que tienen una idea (si es equivocada o no, pues eso lo dirán los resultados, no los juicios apriorísticos), y menos aún los que cuentan con un equipo que pueda llevar dichas ideas adelante; y menos aún los que cuentan con la capacidad, energía, redes y liderazgo para sacarlas adelante.

Necesitamos regresar al debate de ideas y exigir mayor nivel en el mismo. Si de diagnósticos se trata, tenemos, y por decenas. No serán precisos o perfectos, pero tenemos una clara idea sobre lo que tenemos que trabajar: capital humano (salud y educación), infraestructura, instituciones, tecnología e innovación, entre otros. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo mejorar nuestros ingresos fiscales para remontar las brechas? Ese es el debate.

El mundo puede no estar "funcionando de manera adecuada", como señala Spence, pero el Perú menos. Una cosa impacta en la otra, por cierto: empeoran nuestras perspectivas de convergencia. No es que nuestro potencial sea bajo, ojo; el Perú tiene palancas de desarrollo envidiables: diversos pisos ecológicos, recursos naturales por doquier, una pirámide demográfica idónea, grandes espacios de mejora en productividad, y así. Tenemos pues bases para ser exigentes con nosotros mismos.

Las distintas candidaturas están enfocadas en pasar a la segunda vuelta; es comprensible: solo así existen posibilidades de llegar a la presidencia. El problema, ya lo imaginaron, es que en dicha frenética vía el debate de ideas es un obstáculo, no una autopista. ¿Cómo incentivarlo?

En Estados Unidos el debate de ideas es constante y estructurado, es parte esencial de una campaña electoral. Se hace múltiples veces en las primarias y ni qué decir cuando están definidas las candidaturas de cada partido. En el Perú, donde existe mayor necesidad de debate, casi no existe; de hecho, los candidatos le corren (no solo entre candidatos, sino también con analistas o periodistas).

Quedan poco más de 20 días para las elecciones. Aún existe espacio para darle mayor importancia a esto. Ojalá los candidatos acepten las invitaciones de los medios, como Perú21, para conversar e intercambiar ideas, contrastar y profundizar en las propuestas. Es lo mejor para los peruanos, y creo que quien asuma el liderazgo se beneficiará en las urnas.

(director@peru21.com)