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Según los primeros datos oficiales, el oficialista Lenín Moreno habría ganado las elecciones ecuatorianas, manteniéndose así el régimen de Rafael Correa por un periodo adicional. Son malas noticias, sin duda; malas, al menos, para quien tiene a las instituciones y las libertades individuales por encima de todo. Y aunque la distancia es corta (al punto de que las primeras encuestas daban por ganador a Guillermo Lasso), nuestras democracias son un juego donde todo se lo lleva el ganador.

Rafael Correa llegó al poder hace poco más de 10 años, cambió las reglas de juego a discreción, haciéndose reelegir una y otra vez. Y si bien es cierto que en lo económico su gobierno no fue un fracaso, en gran medida gracias a los ingentes ingresos del sector petrolero, fue una autocracia en todo sentido: limitó las libertades básicas de opinión y prensa, utilizó los recursos públicos como caja chica, avaló las tropelías del eje castro-chavista, y así.

Correa deja un país dividido entre quienes encuentran en el oficialismo al primer gobierno en décadas que puede permanecer en el poder (12 presidentes en poco menos de 20 años) y entre quienes advierten los peligros de estas autocracias en el corto, mediano y largo plazo.

El primer problema con la victoria de Lenín Moreno es, entonces, que valida estas prácticas y políticas públicas ante los ecuatorianos y ante el mundo. Lo que lleva al segundo problema: Moreno tendrá así el aval político para mantener y profundizar estas prácticas antidemocráticas.

Con Moreno en el poder será impensable una auditoría independiente de lo hecho a lo largo de estos 10 años; la impunidad del régimen de Correa está, de esta manera, garantizada. Una lástima, en verdad, y no solo por nuestros hermanos ecuatorianos sino por toda Latinoamérica. El eje castro-chavista no está derrotado; de hecho, Lula se empieza a perfilar en Brasil y en México el comunista López Obrador aparece liderando las encuestas de cara a las elecciones del 2018. Trágico panorama para la región, sin dudas.