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De acuerdo a la última encuesta de Datum para Perú21 (marzo de 2017), se incrementa de 25% a 31% el segmento de la opinión pública que considera que los peruanos no son indiferentes a la corrupción. Un aumento importante (6 puntos), pero lo relevante es la diferencia: 64% cree que los peruanos son indiferentes ante la corrupción. Sin duda, el caso Lava Jato y Odebrecht está "sensibilizando" a la población; si del futuro se trata, apostaría que dicho porcentaje se incrementará mes a mes.

Por otro lado, aumenta (de 56% a 60%) el segmento de ciudadanos que no sienten el liderazgo del presidente Kuczynski ante la corrupción. Llama la atención que nadie haya visto las ventajas políticas de tomar dicha bandera; y si alguien las vio, sería interesante escuchar por qué no les hicieron caso. Mientras que en la economía o en la inseguridad las decisiones que un gobierno adopta pueden tomar meses en sentirse, hacerse visibles, las iniciativas anticorrupción son inmediatas. Esto lo propusimos hace meses, y –dado que a nadie se le ha visto interesado en ello– sigue la bandera esperando quien la ondee.

Lo primero y lo segundo nos debe llevar a una reflexión. La ciudadanía entra, poco a poco, en un estado de histeria colectiva ante la exorbitante corrupción de las constructoras brasileñas y, en general, de los últimos gobiernos. Porque no es solo Odebrecht lo que indigna a los peruanos; son el satélite, las armas, los pasaportes, los patrulleros, la cafetera de Talara, en fin, todo lo que "huele" mal.

Todo esto está consumiendo la paciencia de los peruanos. Con razón, por cierto. Pero para el gobierno es primordial entenderlo. Por ejemplo, cuando se discute la calidad ética del directorio de Proinversión que otorgó la Interoceánica (presidido por el actual mandatario), o cuando se tratan de crear tormentas con la Procuraduría, pues se crea desconfianza. Y en un ambiente como este, es muy malo para la imagen del gobierno. El gobierno puede matar dos pájaros de un tiro si asume el liderazgo de esta batalla. ta batalla.