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Falleció ayer, a la edad de 95 años, el economista norteamericano William Baumol. Prolífico, enciclopédico pero, sobre todo, revolucionario. Entre sus más de 80 obras, Baumol discurrió la teoría laboral, el papel del emprendedor, desarrolló la teoría de los mercados disputados, en fin, tuvo una larga trayectoria, fue siempre un reconocido académico pero, sobre todo, un disruptor, una mente que se preocupó por no seguir las teorías "consensuadas" sino, por el contrario, buscar nuevos espacios de análisis y mejores explicaciones para las observaciones (que en materia económica, como sabemos, son innumerables).

Quienes conocen su obra recitarán sus aportes en materia laboral, microeconómica y competencia; siendo todo ello valioso, quisiera recordarlo por su honestidad intelectual ante el capitalismo. A diferencia de la mayoría de economistas liberales, que casi no discuten al sistema, Baumol supo separar la paja del trigo. Seas un defensor del libre mercado o un socialista impenitente, todos deberíamos leer Capitalismo bueno, capitalismo malo, una disección del sistema que pone en disputa múltiples ideas fijas en ambos sectores ideológicos.

Para empezar, Baumol y sus coautores sostienen que el mercado y la propiedad privada no auguran, necesariamente, la panacea; Perú, Estados Unidos y Francia promueven y protegen, en principio, ambos pilares, y sin embargo crecen a tasas muy distintas. Esto ocurre, en sencillo, porque no hay "un modelo capitalista", sino esencialmente cuatro: el guiado por el Estado (que termina favoreciendo a unos y perjudicando a otros), el oligárquico (donde, como imaginarán, solo la oligarquía se beneficia del sistema), el de las llamadas "grandes empresas", y el empresarial. Mientras que en los primeros tres el sistema traba la competencia, con lo cual el "capitalismo" es una ilusión, en el cuarto el sistema privilegia la innovación, la responsabilidad y la justa distribución de la riqueza.

Es un libro, como verán, de lectura obligatoria para defensores y detractores del sistema capitalista, y de ahí su invaluable aporte al debate y, por supuesto, a la práctica de políticas públicas: a fin de cuentas, se trata de mejorar el sistema.