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El presidente Pedro Pablo Kuczynski y su primer vicepresidente, Martín Vizcarra, denunciados por la Procuraduría; Ollanta Humala y su esposa, Nadine Heredia, son caseritos en la Fiscalía por múltiples investigaciones; Alejandro Toledo con orden de captura; Alan García denunciado ahora por la Procuraduría, y Keiko Fujimori investigada por la Fiscalía.

No hay ni un líder político importante que no se encuentre bajo investigación. Hasta líderes de segundo nivel, como Verónika Mendoza, asisten a citaciones en casos vinculados.

Por supuesto, esto tiene un lado positivo muy obvio como mensaje del sistema judicial: se investigará a quien sea, caiga quien caiga. Tiene, también, un lado negativo: todos son sospechosos, todos son iguales (así, no sería rara la causa común entre los distintos líderes políticos por neutralizar las mismas).

Los ciudadanos tenemos varios dilemas al frente, por cierto. Cómo separamos la paja del trigo. Cómo avanzamos en todos estos casos de manera pronta a sabiendas de que la praxis judicial toma años. Cómo confiamos en un sistema que, históricamente, ha estado infiltrado por partidos y hasta organizaciones criminales. Cómo nos informamos de manera objetiva, sin que importe el color o el símbolo partidario.

Añadamos un nivel de complejidad: la ciudadanía, vía las redes y espacios públicos, exige cabezas, casi sin importar los indicios, testimonios y pruebas. Es decir, los actores (procuradores y fiscales) están casi obligados a iniciar investigaciones, incluso si no están seguros de las mismas.

La causa contra el vicepresidente, por ejemplo, se basa en una sospecha y una foto; la de la Sra. Fujimori, en el dicho de un sujeto. ¿Que las entierren entonces? No, de ninguna manera, porque el inicio de dichas investigaciones abre espacio a mayores indagaciones y de múltiples fuentes (bancos, comunicaciones y otros) donde se pueden encontrar evidencias. Pero debería ser al revés, ¿no?

Si nuestro sistema judicial fuese impecable, nadie tendría problemas en ser investigado. Pero no lo es. Y dejar de investigar, por cierto, no es alternativa. Mientras, no hay títere con cabeza. ¡Qué tiempos que se vienen!