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Por su monumentalidad, la concentración de Caracas del 1 de setiembre de 2016 contra Nicolás Maduro y sus patrones de La Habana quedará para los anales de la historia universal. Una marea infinita de gente acudió a presentar su cuerpo y su voz, civil y pacífica, por las calles de Caracas. No necesitaba el truco de hacer filas de manifestantes para dar sensación de mayor tamaño. Era inacabable. Las fotos aéreas son cuadros de Seurat con infinidad millonésima de puntos. El pueblo, como río amazónico de blancos, colores y brillos, avanza compacto y no marcial, hermanado como colectividad y no disciplinado como militancia. Son gente buena, se ve que son herbívoros; juntarse es protegerse. No tienen otra alternativa. No hay mecanismo político que los defienda y saque a los carnívoros del poder. La policía y los grupos de choque estaban en puntos aislados gruñendo minúsculas manifestaciones adeptas al régimen.

Los militares, acuartelados, claro; también juntos pero para compartir su infamia. Algunos deben de haber entrado a los baños de las barracas a llorar de vergüenza por no acudir a abrazar a su pueblo —no a la mitad, no a los dos tercios, sino a todo el pueblo que marchaba—, y defenderlo de la ocupación castrista y de la canalla local. Cuando pasen al retiro, volverán a ser patriotas y valientes y denunciarán, como siempre. Pero en actividad, la cobardía es su otra sangre.

¿Cómo se estará revolcando Bolívar en su tumba? Que Chávez haya removido su osamenta, ¡qué importa, huesos son!, pero que su legado, el ejército de Venezuela, creado por él para proteger a la república y al ciudadano, se someta a la ocupación extranjera y a la delincuencia local lo debe tener penando en el más allá. Sin duda, este ejército de hoy hace la peor mácula de la historia venezolana.