notitle
notitle

Desde hace mucho, EE.UU. implementa una estrategia de contención, es decir, participa o genera conflictos lejos de su territorio. Gane o pierda, desgasta a su enemigo: fascismo, comunismo y, hoy, el radicalismo islámico, y finalmente lo destruye.

En Iraq, al acabar a Saddam Hussein, liberó varias fracciones regionales y religiosas, generando allí una zona de conflicto. Otra vez, lejos de su tierra. Como el yihadismo aún no es un riesgo para su hegemonía global, se permite financiar algunas de sus facciones (sic, general Michael Lynn). Así, conserva su territorio como un plácido y potente panal económico y tecnológico, el más fuerte del mundo.

Pero además —fueran republicanos o demócratas—, EE.UU. utilizó la lógica de correr hacia el futuro para superar cada crisis importante. Liberó a los esclavos, recibió migrantes en 1920 aunque el Washington Post los calificara de "basura", derrotó a los ultraconservadores: fascismo y comunismo; votó por los derechos civiles y la multiculturalidad; llevó el capitalismo a China y cuando Carter empezó a ver con buenos ojos a los guerrilleros, votaron a Reagan para que acabara con la Unión Soviética. Cuando atacaron las torres gemelas, EE.UU. llevó el conflicto lejos, hacia Iraq. En lo social-racial, siguieron sus lógicas de avanzar y eligieron un presidente negro en un país de hegemonía blanca.

Trump, en cambio, plantea lo contrario; plantea enquistarse en el pasado, volver al proteccionismo de la mano de obra frente a los chinos, pelear con los mexicanos en su propia frontera y se histeriquea ante un enemigo táctico como el yihadismo. Circunstancialmente lo apoya un sector blanco de clase baja, pero EE.UU. seguirá, de muchas maneras, fundando la historia contemporánea; por tanto, Trump perderá y Hillary ganará las elecciones de noviembre, por goleada.