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La esperanza es la carta más alentadora del ser humano. Solo la esperanza —que es una íntima ensoñación positiva— nos da ánimo durante el desconsuelo. Su complemento necesario es la acción, pero esta suele decepcionar porque la esperanza ideal es súbita y perfecta; en cambio la realidad es cambiante, imperfecta y de lenta construcción.

La democracia representativa es una de las grandes esperanzas o ideales modernos pero el milagro no opera a los pocos años, América Latina se decepciona y la descalifica, muchas veces con criticas idóneas como es fustigar la corrupción, la mediocridad, etcétera. Sin embargo, aún imperfecta y muchas veces decepcionante, la democracia burguesa es el sistema que más bienestar y libertad ha dado a los pueblos en toda la historia humana. Las críticas ciertamente ayudan a mejorar el sistema pero también ayudan a destruirlo, y las movilizaciones antisistémicas se vuelven una rutina sólida, palabreada, furiosa, difícil de interpelar. Con este procedimiento de descalificar la democracia, un día, Chávez triunfó en Venezuela y destruyó su país y otros del continente.

Hoy se empieza a entender que la democracia liberal no es destino fijo ni paraíso; es camino, siempre perfectible. Aprendemos también que la democracia se arregla desde adentro y no destruyéndola. Para cerrar este año que termina, celebro las dos batallas ganadas al populismo, en Argentina y Venezuela, y también celebro que Perú, gracias a la acción de intelectuales, periodistas y pueblo emprendedor, haya frenado este flagelo. Este artículo también quiere celebrar el año 2016 que comienza con renovada esperanza. Que nuestras acciones tengan la paciencia de la construcción y no la desesperación del que anticipa fracasar.

Libertad para los presos políticos en Venezuela.