Debemos sacar lecciones del proceso de vacunación, sostiene el columnista.
Debemos sacar lecciones del proceso de vacunación, sostiene el columnista.

El último 15 de febrero, falleció el famoso músico y compositor Johnny Pacheco, eximio director de la Fania All Stars de décadas pasadas y principal intérprete de aquella famosa y pegajosa salsa “quítate tú pa’ ponerme yo”, que muchos recordamos con melancolía.

Lo irónico es que la letra de la salsa famosa calza perfectamente en la realidad peruana. El descubrimiento de que una élite económica, política, académica, eclesiástica y empresarial, entre gallos y medianoche, se inoculaba vacunas contra el COVID-19, en desmedro de la primera línea contra el coronavirus, quienes sí necesitaban realmente el inmunizante chino, daba ‘sentido’ a aquello de “quítate tú… (primera línea) …pa’ ponerme yo (las élites)”.

Gracias a la persistencia periodística de llegar al fondo de la verdad, pudimos ver un desfile de rostros desencajados, que iban desde las expresiones más sinvergüenzas como la del expresidente Martín Vizcarra (quien iba soltando por cucharitas que también vacunó a su esposa, hermano y asesoras) y el Dr. Málaga (que adujo que vacunó al empresario chino del Chifa Royal porque la delegación china estaba cansada de comer Burger King), hasta otros como Alejandro Aguinaga, la excanciller Elizabeth Astete, la exministra de Salud Pilar Mazzetti, viceministros y otros altos funcionarios que no sabían si sonreír o llorar de la vergüenza.

El presidente Francisco Sagasti tuvo que tragarse el sapo de pasar por el mal rato de censurar la mentira de la Mazzetti hasta retirarle las ‘gracias’ otorgadas por resolución suprema y advertir a los funcionarios que aún andan escondidos con su vacuna en el brazo que los expulsará de la administración pública.

Podría decir que el presidente debe tener unas ganas de cambiar el poema de Vallejo que nos ofreció cuando asumió el mando y decía “emocionado, emocionado…”, por “decepcionado, decepcionado”, con lágrimas, rubor e indignación en el rostro.

Es inevitable mencionar los números, respecto de los vacunados favorecidos irregularmente (487 por ahora) comparados con las vidas que se pudieron salvar: 540 policías y más de 300 del personal de salud. Miles de familiares de la primera línea enlutadas e indignadas en tan solo pensar que esas vacunas podrían haber marcado la diferencia entre vivir y morir de sus familiares, toda una tragedia.

Debemos sacar lecciones del dolor y la frustración que nos ha causado la miseria humana expresada en el aprovechamiento por encima de los que se rajan por el país, y en las próximas elecciones, nuestro voto debería ser el reflejo de indignación y darles poder a personas decentes, honestas y altamente sensibles con el dolor humano, para que puedan dirigir los destinos de la patria frente a los nuevos retos de salud, economía y seguridad. ¡Sí se puede!