Murió la reforma
Murió la reforma

Esta semana el Congreso terminó de matar lo que quedaba de la reforma política. Durante la madrugada del sábado, bloqueó dos de sus piezas centrales: la inmunidad y el impedimento para que condenados postulen a cargos públicos. Además, se creó el distrito electoral de peruanos en el exterior con dos escaños que antes pertenecían a Lima.

Empecemos por lo último. Es de justicia que los 2.8 millones de expatriados tengan representación, pero destinarles dos escaños es ridículo. Equivale a un representante por cada 1.4 millones. Es imposible que una representación así de minúscula capture la diversidad de posiciones e intereses de nuestra diáspora. Para comparación, en Moquegua hay un congresista por cada 87,000 ciudadanos.

Respecto de la inmunidad, la actuación del Parlamento ha sido lamentable. Fue el tema dominante de la campaña y quizás el único en que la mayoría de candidatos coincidía. Aun así, después de cuatro meses, el resultado es el statu quo. En lo particular, no me gustaba su eliminación total, pues creo que la inmunidad es necesaria para una real separación de poderes. Hubiera sido mejor que se mantenga pero fuera levantada por un órgano externo, como propuso la comisión Tuesta. Sin embargo, dejar el mecanismo intacto solo muestra displicencia por el clamor popular.

Finalmente, la decisión de ni siquiera poner en agenda el proyecto para impedir que condenados por delitos dolosos postulen a cargos públicos es un descaro. Solo me queda suponer que a los señores de Podemos, Fuerza Popular, UPP y APP –que bloquearon el proyecto– les preocupaba que esta disposición deje fuera de carrera potenciales candidatos suyos. ¿Es mucho pedir que sean personas decentes las que entren a política?

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