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arielsegal@hotmail.com

Gane quien gane las elecciones de Brasil, la hegemonía del Partido de los Trabajadores (PT), por más de una década en el poder, está en jaque, y mañana sabremos si se trata de jaque mate, algo impensable hace cuatro años, cuando la sucesora de Lula da Silva, Dilma Rousseff, asumió la presidencia.

¿Qué ocurrió? Lo mismo que le pasa a la mayoría de los partidos que están en el poder por mucho tiempo: corrupción crónica, desencanto gradual, aunque el PT logró varias conquistas sociales ante las mayorías pobres del país. Se puede argumentar que el caso de Evo Morales refuta esta tesis, pero el pluralista Brasil es muy diferente a Bolivia, que tiene un gobierno caudillista de autocracia electoral –copiado del modelo del finado amigo y "patrono" de Evo, Hugo Chávez– que ejecuta cambios constitucionales para perpetuarse en el poder, asalta a las instituciones del Estado y criminaliza a la oposición. Además, el origen étnico y social de Evo genera un vínculo emocional natural con la mayoría de sus compatriotas.

El gobierno de Dilma Rousseff se vio afectado por políticas como las que expresé en mi artículo "Brasil vale más que su selección", el 13 de julio de 2014: "El Mundial (de fútbol) no justificó el desplazamiento de centenares de familias para que en Río de Janeiro los turistas no tuvieran que ver mendigos ni los excesos de violencia en las favelas para aislarlas por un mes…".

Estas acciones, aunadas a escándalos de corrupción, incluyendo las de funcionarios involucrados en la organización de un Mundial en el que Brasil tuvo una de las peores selecciones de su historia, influyen, entre otros factores, en que el Partido de los Trabajadores pierda popularidad, incluso si gana mañana (el balotaje).