(Getty Images)
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Barclays tenía dos tíos a los que no veía hacía muchos años: Peter Barclays y William Barclays. Los vio por última vez en el sepelio de su padre, hermano mayor de ambos. Aunque estaban en los funerales de su hermano, tanto Peter como William sonreían como si estuvieran en una fiesta o un carnaval. A juzgar por sus sonrisas insolentes, estaban contentos de que su hermano mayor, el atrabiliario y pistolero James Barclays, hubiera pasado a mejor vida. Barclays saludó a sus tíos sin demasiada efusión de afectos y se dijo a sí mismo:

-Estos cabrones han venido a festejar la muerte de mi padre.

Peter era mayor que William. No trabajaba, nunca había trabajado. Desde muy joven, había sido el consentido y, por eso, el mantenido de sus padres. Sus grandes aficiones eran los aviones, pilotear aviones, y las flores, sembrar plantas, verlas florecer, hablarles a las flores, regarlas, cuidarlas como si fueran sus hijas. Era una buena persona, pero su hermano mayor James y su hermano menor William decían que era un gran vago. Quien no tenía fama de perezoso era William. Había estudiado finanzas en Nueva York y, gracias a su inteligencia descollante y su ética de trabajo, había ocupado altos cargos en bancos de Nueva York, Ciudad de México y Caracas, para luego ser fichado por uno de los bancos de Lima. Con los años, William se había vuelto rico y Peter medio pobretón, al punto que cada tanto le pedía dinero a su hermano menor, quien se negaba a mantenerlo. ¿Debía William, con todos sus millones, mantener a su hermano? Peter pensaba que sí, pero William decía que Peter debía dejarse de melindres y remilgos y ponerse a trabajar.

Como la madre de Barclays, Dorita, cuñada de Peter y William, era muy rica, heredera de una fortuna, y además muy bondadosa, a Peter Barclays se le aparecía la virgen cada dos o tres meses, cuando visitaba a su octogenaria cuñada, rezaba con ella, recibía un sobre lleno de dinero y le vendía a Dorita, su virgencita particular, obras de arte que había heredado de sus padres. Es decir que Dorita hacía por su desposeído cuñado Peter lo que William se abstenía de hacer: echarle un salvavidas financiero.

Peter Barclays no había nacido con el gen de la codicia, no era un tiburón para olfatear el dinero, no era como William, quien a menudo decía:

-No se puede ser demasiado flaco ni demasiado rico.

Porque William Barclays siempre quería más dinero. Ya tenía una casa en la ciudad, una en el campo de veinte mil metros cuadrados, una en la playa, y un apartamento en Nueva York, pero en cosas de dinero era insaciable, una orca asesina, un escualo depredador.

Hasta que se metió en política.

En efecto, el dueño del banco, su jefe, decidió apoyar discretamente la candidatura presidencial de una señora de derechas. La señora postulaba una agenda más o menos capitalista, o más o menos mercantilista. No era liberal, era conservadora, pero sus ideas eran cercanas al capitalismo y al libre mercado. La señora competía con un militar nacionalista de izquierdas, cuya agenda era hostil al capitalismo. Además, ese militar era cercano, y se diría que deudor, de las dictaduras de Caracas y La Habana. Por eso, el dueño del banco le pidió a su gerente, William Barclays, que consiguiera unos millones de dólares en efectivo, los deslizara en maletines y se los entregara a la candidata de derechas, en una operación que debía ser secreta. William Barclays cumplió el encargo con la eficacia y discreción esperadas de él. La señora de derechas se reunió varias veces con el dueño del banco y William Barclays, recibió los millones y se comprometió a no revelar que había recibido ese dinero. ¿Por qué el dueño del banco y su gerente querían mantener en secreto su apoyo a la señora? Porque temían que el militar de izquierdas ganara y tomara represalias contra ellos.

Al mismo tiempo que proveían de millones a la señora de derechas, el dueño del banco y su gerente decidieron, por las dudas, como quien compraba una póliza de seguros, echarle un piropo al militar de izquierdas. A sugerencia de su jefe, William Barclays declaró a la prensa que el banco veía con confianza y simpatía al militar, que estaba seguro de que si llegaba al poder dicho espadón respetaría el modelo económico y que no se oponía a su candidatura. Es decir, el militar de izquierdas debía entender que, si necesitaba un dinerito, el banco estaba a su disposición. Pero el militar no necesitaba ese dinerito del banco, porque recibía millones de dólares en efectivo de una empresa brasileña.

Cuando William Barclays y su jefe, el dueño del banco, se reunieron con la candidata de derechas y la colmaron de millones de dólares, no imaginaron que, diez años después, la justicia, avanzando con celo desusado, denunciaría dicha operación, metería en la cárcel a la señora por recibir unos dineros que debió declarar y ocultó, y filtraría a la prensa las pruebas del apoyo encubierto del banco a la señora, desatando un escándalo que mellaría la imagen del banco. En rigor, ellos no habían cometido un delito, pero habían actuado como capos mafiosos, comprando por lo bajo a una jefa política con maletines de dinero, lo que evocaba las peores corruptelas del país, el tráfico promiscuo de millones que compraban conciencias, honores y lealtades.

Mientras todo aquello ocurría, al mismo tiempo que William Barclays contaba los millones de dólares que llevaría a la candidata de derechas, su sobrino, el inefable Barclays, escritor y periodista de televisión, recibía ofertas de tres partidos políticos para postularse a la presidencia, deshojaba la margarita desde su programa y anunciaba una agenda liberal. Pero Barclays cultivaba minuciosamente la duda y un día quería ser candidato y al día siguiente se echaba atrás.

Así las cosas, William Barclays fue invitado a pronunciar una conferencia en la universidad donde había estudiado, antes de irse a Nueva York. En esa conferencia, ovacionado por los alumnos y profesores, convertido en héroe ocasional, William Barclays aludió a la incierta candidatura presidencial de su sobrino, el inefable Barclays:

-Si mi sobrino James Barclays gana las elecciones, será una catástrofe para el país -dijo William Barclays, y el auditorio estalló en risas cómplices y aplausos rendidos-. Les pido que voten por cualquiera, menos por él.

Aquella declaración apareció al día siguiente en los periódicos: el banquero William Barclays decía que su sobrino, el periodista de televisión, sería “una catástrofe” si llegaba al poder.

El inefable Barclays se sintió humillado por tamaña declaración de hostilidades de su tío. Días después, presionado por el dueño del banco, William Barclays le escribió un correo electrónico a su sobrino, pidiéndole disculpas y diciéndole que había sido solo una broma que la prensa había exagerado.

Meses más tarde, Barclays apoyó a la señora de derechas desde su programa. Su tío William Barclays hizo algo más taimado: compró con millones la lealtad de la señora. El tío y el sobrino Barclays apoyaron entonces a la misma candidata, pero uno lo hizo en las sombras, con dinero, escondiéndose, y el otro abiertamente, dando la cara.

Barclays no ha vuelto a ver, desde el sepelio de su padre, hace trece años, a sus tíos. Peter, el pobretón, nunca hizo nada contra él, y hace muchos años hasta le pidió un autógrafo para su hija, cuando ya Barclays era famoso (Barclays amó a su tío Peter, la sabia humildad de su tío Peter, mientras le firmaba ese autógrafo). William, el ricachón, le declaró la guerra y anunció una catástrofe. Dicha catástrofe, de momento, no ha ocurrido. Pero, si ocurre, piensa Barclays, vendrá en forma de libro: él es un escritor kamikaze, catastrófico, y sus novelas suelen dejar en ruinas o escombros todo lo que pisó.