Cuando Barclays era un niño, y vivía en una mansión de jardines infinitos en las afueras de la ciudad, su mejor amigo no era ciertamente su padre, a quien veía con pavor, y de quien se escondía con sigilo para evitar que le diera una paliza más, sino un hombre humilde, de escasos recursos, que trabajaba como jardinero en aquella casona.

Se llamaba Mario. Era de corta estatura, complexión esmirriada, bigotes de mariachi y ánimo risueño. Parecía vietnamita, filipino, malayo. Era clandestinamente alcohólico: cuando los señores habían salido, abría el bar y bebía licores finos de las botellas, procurando que las dosis fuesen mesuradas para que el patrón no notase aquellas rapiñas etílicas. También era un seductor incorregible de las empleadas que trabajaban en esa casa. El alcohol lo entonaba, atizaba su galantería y entonces Mario las hacía reír, piropeándolas, pellizcándolas, diciéndoles picardías. Aunque estaba casado y decía amar a su esposa, era un picaflor que merodeaba, incansable y juguetón, a todas las mujeres, incluyendo a aquellas ya mayores, que se ruborizaban con los avances de Mario de la Cruz, jardinero, borrachín, mujeriego y mejor amigo del niño Jimmy Barclays, hijo de los patrones.

Tan pronto como Jimmy regresaba del colegio, se despojaba del odioso uniforme, vestía ropa deportiva y buscaba al jardinero. Enseguida le pedía jugar al fútbol. Mario siempre estaba dispuesto a jugar al fútbol con el niño Jimmy. El juego parecía injusto o desigual, porque Jimmy pateaba los penales y los tiros libres y Mario se resignaba a atajar aquellos disparos. Peor aún para Mario, a menudo tenía que ir a buscar la pelota entre la exuberante vegetación detrás del arco. Además, el niño Jimmy insistía en narrar a los gritos, como locutor deportivo, cada disparo, cada intento por convertir un gol.

La amistad entre el jardinero Mario y el niño Jimmy se afianzó cuando este se enamoró de una niña y aquel le dio consejos paternales sobre cómo seducirla. La niña se llamaba Tati Valle-Riestra. Era rubia, pecosa, gimnasta, y su insolente belleza despedía una luminosidad tan poderosa que Jimmy tenía que cubrirse un ojo para verla, sin enceguecer de amor. Era hija de unos amigos de los Barclays. Venciendo su timidez, el niño Jimmy jugaba con Tati en los columpios, el subibaja y la casita del árbol. Sin saber cómo declararle su amor, Jimmy consultó con Mario. Escribieron juntos un poema. Escribieron juntos una canción. Ensayaron lo que Jimmy debía decirle a Tati. Pero, llegada la hora crucial, Jimmy se achantaba, no se atrevía. Por eso Mario decidió que Jimmy tomase un buen trago de ginebra con coca-cola antes de decirle a Tati cuánto la amaba. Entonado, achispado, Jimmy le confesó a Tati:

-Me muero por ti. ¿Quieres estar conmigo?

Tati se ruborizó, condescendió a estar con Jimmy, pero no quiso besarlo en los labios. Entonces Jimmy recitó de memoria el poema que había escrito para ella. Acto seguido, ella lo besó en los labios.

La señora Dorita, madre de Jimmy, acusaba a Mario de robarle cucharitas y tacitas de plata. Con frecuencia decía:

-Mario es un ladrón. Todos los cholos son ladrones. Y Mario tiene de ladrón lo que tiene de cholo.

El señor James era severo con su jardinero. Le exigía los trabajos más arduos: cazar ratas, recoger los excrementos de los perros, lavar los autos, lustrar su vasta colección de zapatos, subir a las copas de los árboles a hurtar huevos de aguiluchos. A veces Mario se caía de un árbol y quedaba lesionado, o sufría cortes, heridas, laceraciones. Harto de ver cómo abusaban del buen Mario, el niño Jimmy le decía que cuando fuese grande iba a ser muy rico y le iba a regalar mucho dinero. Conmovido, Mario le decía:

-Tú eres un piquito de oro. Nadie habla tan bonito como tú. Si te lo propones, puedes llegar a ser presidente.

Años después, cuando Jimmy ya era famoso porque salía en televisión hablando de política, los señores Barclays despidieron a Mario. Habían salido a cenar, tuvieron un percance, regresaron antes de tiempo y encontraron a Mario follando con una de las empleadas, en la despensa de la cocina. Mario alegó que estaban enamorados. La empleada, sollozando, no lo desmintió. La señora Dorita los riñó en nombre de la moral. El señor James, que copulaba con su secretaria en el baño de su oficina, despidió al jardinero sin miramientos, como si hubiese cometido algo nefando, imperdonable.

En aquel momento, Jimmy Barclays tenía ya veintitantos años, ganaba un buen sueldo en la televisión, se había hecho famoso y se permitía la extravagancia de vivir en un hotel. Mario fue a visitarlo al hotel. Jimmy le regaló todo el dinero que pudo. Le prometió que le conseguiría un trabajo. Hizo varias llamadas. Convenció a su tío Bobby, empresario acaudalado, para que contratase a Mario como jardinero. Bobby fue generoso y no vaciló en abrir las puertas de su casa a Mario, pagándole mejor que los Barclays. Además, Bobby poseía, en los sótanos de su casona, una colección de piezas de oro, de modo que Mario, acostumbrado a llevarse recuerdos o souvenirs, podía haber llegado al paraíso. Pero nunca se atrevió, o no pudo, robar las piezas de arte de Bobby. Solo entraba al bar y bebía licores finos, principalmente coñac. Como Bobby era homosexual y no lo ocultaba, era Mario el encargado de pagar en efectivo a los amantes ocasionales del patrón. Mario, que algo sabía de lujuria incontinente, pagaba sin chistar y se ahorraba juicios de índole moral contra su jefe.

Ocurrió entonces lo que, por lo visto, era inevitable: Mario enfermó del hígado, le dio cirrosis. Tuvo que dejar de trabajar. Fue hospitalizado. Jimmy fue a visitarlo, pagó sus cuentas médicas, le prometió que lo mejor estaba por venir. Pero era una mentira piadosa: a Mario le quedaba poca vida y su mirada impregnada de miedo ponía en evidencia que él lo sabía.

Cuando salió del hospital, Jimmy lo esperaba en un auto de lujo. Le pidió a su amigo Mario que manejase. Deslumbrado, Mario condujo. A sugerencia de Jimmy, se dirigieron al hotel donde él vivía. Allí cenaron y, contrariando las órdenes de los médicos, se emborracharon. Luego Jimmy llamó por teléfono a dos amigas argentinas, extraordinariamente guapas, que ejercían la prostitución de lujo, y las contrató esa misma noche. A Mario le brillaron los ojos de júbilo cuando vio a las argentinas y eligió a la que más le gustaba. Jimmy los dejó en una suite y fue con su amiga a la otra suite, donde él dormía cuando pasaba por esa ciudad. Fue una noche feliz, desmesuradamente feliz. Terminaron los cuatro bebiendo champagne, en la suite presidencial de Jimmy. En un momento inolvidable para él, Jimmy les declamó a las chicas el poema que años atrás había escrito con Mario para seducir a Tati Valle-Riestra.

Meses después, ya postrado en su cama, sin poder levantarse, Mario le pidió a Jimmy un último deseo:

-Quiero que me compres un televisor bien grande para ver tu programa todas las noches.

Jimmy le llevó una pantalla gigante y, mientras los operarios la instalaban en el dormitorio de su amigo enfermo, vio cómo Mario lo miraba con orgullo, con un afecto antiguo, inquebrantable.

Esa noche, al comenzar su programa, Jimmy Barclays dijo:

-Quiero dedicar el programa de hoy al mejor amigo que he tenido en mi vida, a Mario, Mario de la Cruz, mi hermano del alma, mi compañero de aventuras, el padre que hubiera querido tener.

Mario de la Cruz murió esa madrugada, horas después de ver el programa. Sus hijos le dijeron a Jimmy Barclays que Mario no dejó de sonreír, orgulloso de ser quien era, desde que vio en televisión lo que Jimmy dijo de él, hasta que expiró.

-Murió con una sonrisa -le dijeron.