Una educación sentimental (Dalia Eccoña/GEC).
Una educación sentimental (Dalia Eccoña/GEC).

El inefable Barclays era famoso por sus entrevistas a grandes artistas, emitidas por la televisión. Con apenas diecinueve años, entrevistó a Borges en una confitería del centro de Buenos Aires, a Sábato en su casa de Santos Lugares, a Vargas Llosa embrujado por el poder en Lima, a Bryce Echenique ebrio, risueño y chispeante, y a Cela cascarrabias, gruñón.

En aquel momento Barclays no sabía que estaba condenado a ser un escritor y que el arte de la entrevista era una manera de asistir a clases con los grandes maestros.

García Márquez no quiso darle una entrevista (“la cámara te roba el alma”), pero sí le obsequió dos horas de su tiempo para charlar sin cámaras en la mansión de un colombiano muy rico, en las afueras de Washington DC.

Bolaño, su amigo, no le concedió una entrevista, aunque Barclays tampoco se la pidió, pues le pareció grosero o indelicado pedírsela. Hicieron dos presentaciones de libros en Barcelona que, en cierto modo, fueron como entrevistas.

Cuando Barclays ya era famoso, una fama que había buscado con sospechoso denuedo, pudo entrevistar a tres artistas que comenzaban sus carreras: Shakira, el pelo negro, los ojos vivaces, que había contratado un profesor de inglés y soñaba conquistar el mundo cantando en inglés; Enrique Iglesias, un lince para la conversación, rapidísimo y astuto en las respuestas (“cuando yo hablo, ¿tú me estás escuchando o estás pensando en tu próxima pregunta?”); y Ricky Martin, todavía en el armario, muy replegado, desconfiado y midiendo cada palabra como si caminase sobre un campo minado.

En sus años de esplendor, Barclays entrevistó a Raphael, que le pareció inteligentísimo, un hechicero de la conversación, y que, además de amarse a sí mismo con desmesura, pareció amar secundariamente a su interlocutor; a Luis Miguel, el divo respondiendo como un robot, ausente, distante, ensimismado; a Silvio Rodríguez, quien, pese a ser comunista o simularlo, consiguió hilvanar una charla sosegada con Barclays; a Camilo Sesto, cuyas canciones desgarradas Barclays había oído de niño, entrando en los cuartos de los empleados del servicio; y al Puma José Luis Rodríguez, que tenía un pelo esponjoso e inflado como un suflé y no ocultaba una inquietante tentación por ser presidente de su país.

Barclays había aprendido de Bolaño que convenía desconfiar de los artistas que se dejaban seducir e hipnotizar por el poder, de los escritores y cantantes que soñaban con ser presidentes. Bolaño creía que el artista debía desconfiar del poder, alejarse del poder: aquella distancia lo salvaría de envenenarse de codicia, ambición y vanidad. Bolaño deploraba el modelo García Márquez, amigo y servidor del dictador cubano, lo mismo que condenaba el modelo Vargas Llosa, tan encandilado por el poder que terminaba siendo candidato a presidente. No había que cultivar la amistad de reyes, dictadores ni presidentes, no había que mendigar un ministerio ni una embajada (“el agregado cultural tiene más de agregado que de cultural”, decía Octavio Paz). El artista debía practicar una cierta austeridad, un cierto ascetismo, una consistente renuencia a trepar por la escalera del poder.

Todas esas entrevistas fueron solo un entrenamiento para lo que vino después: entrevistar al músico Charly García, al incombustible Andrés Calamaro y al pirata Joaquín Sabina, quienes se rebajaron a visitar a Barclays para conversar en vivo con él, sin afeites ni trucos de edición, en toda su espléndida y miserable humanidad.

Barclays había crecido escuchando las canciones contestatarias de Charly García. Se había hecho adicto a la marihuana y la cocaína escuchando a Charly García. Se había enamorado de Daniela y de la prima de Daniela escuchando a Charly García. Ahora tenía enfrente a Charly, quien le dijo que veía siempre su programa, no se lo perdía: podía ser verdad, podía no serlo, pero Barclays se emocionó. Luego se llevó la impresión de que Charly era un aristócrata de la cultura: aunque lucía desastrado y desastroso, era exquisito y refinado, un príncipe que vestía andrajos. Sin embargo, ocurrió un incidente memorable: de pronto, en medio de la entrevista, Charly cruzó las piernas y soltó una ráfaga estrepitosa de ventosidades, una larga flatulencia que estalló como seis u ocho granadas y se oyó como el fragor metálico de una guerra. Barclays no supo qué hacer, cómo reaccionar. ¿Había escuchado el televidente lo que él acababa de escuchar? ¿Debía hacer una alusión a los vientos innobles que Charly había expelido? ¿Debía simular que nada había pasado? Charly siguió hablando como si nada hubiese pasado, pero nunca en la carrera de Barclays alguien lo había emboscado con unos gases tan hediondos como inopinados.

Calamaro llegó tarde al estudio. El vuelo desde Madrid a Miami había aterrizado pocas horas antes. Previsiblemente, estaba entonado, o elevado, o mejorado: “yo solo vuelo en Iberia porque me dejan fumar en el baño”. En la sala del directorio del canal, solos Calamaro y Barclays, el músico sacó un porro, lo encendió sin pedir permiso y tuvo a bien compartirlo. Minutos después, Barclays maquillado, Calamaro sin polvos ni cremas, salían en vivo para toda América. Barclays se sentía tan gozosamente relajado y despistado que se preguntaba: ¿qué carajos hemos fumado? Calamaro respondía con monosílabos, o con tres o cuatro palabras, y en las pausas comerciales pedía un whisky. Hubo que asaltar la oficina del dueño del canal para sacar un whisky y complacer a Calamaro, quien respondía perezosamente a las preguntas de Barclays. No debimos fumar, pensaba Barclays. Luego le preguntaba a Calamaro: “¿en qué estás pensando ahora mismo, cuando te hago esta pregunta?”. Calamaro respondía con honestidad brutal: “en comer una pizza, unas empanadas, o tal vez mejor un sushi”. En las pausas comerciales, se dirigía al baño sin quitarse el micrófono, hacía algo placentero e indebido que quizás se escuchaba en el control maestro y volvía a sentarse oliendo a cosas raras que lo hacían volar por encima o por debajo de la entrevista. Terminada la entrevista, Calamaro dijo que había leído la novela La noche es virgen y le había gustado. Lástima que no lo dijo al aire, pensó Barclays. Tiempo después, se encontraron en el restaurante Nueve Reinas de Barcelona y Calamaro se robó a la chica que estaba con Barclays, una diseñadora de modas argentina-austríaca, muy talentosa, llamada María Schwalb, quien renunció a la modorra de Barclays para abrazar el riesgo de Calamaro.

Joaquín Sabina fue probablemente el mejor de todos los artistas que Barclays tuvo la fortuna de entrevistar. Como Dylan, como Springsteen, como Cohen, como Serrat, el corsario Sabina era mucho más que un cantante: era principalmente un escritor, un poeta, un cazador de palabras inasibles como mariposas, un contador de historias de bares, cantinas, meretricios y otros antros de lupanar. Sabina dominaba a la perfección el arte de la conversación: lejos de pontificar, se replegaba en la humildad; no perseguía la verdad, sino una buena historia; no le interesaba el mundo envarado del poder, sino el submundo vicioso de la noche más canalla; no era amigo de reyes, dictadores ni presidentes, sino de putas, borrachos, mendigos y adictos; no trepaba por la escalera del poder, sino descendía por las alcantarillas de la miseria humana; sabía, como sabía Bolaño, que el artista debía ser austero, franciscano, y que el lujo y la opulencia lo lastraban, no lo enriquecían. Por eso, cuando Barclays le dijo “qué reloj tan bonito tienes”, Sabina se quitó el reloj y no dudó en regalárselo. Al día siguiente, sujetados por dos instructores separadamente, Sabina y Barclays se lanzaron a volar en parapente sobre las playas, los acantilados y el mar, y entonces, volando al lado del pirata Sabina, oyendo el eco formidable de sus risas, Barclays comprendió que ser gaseado por Charly García, fumar a hurtadillas con Calamaro y volar en parapente con Sabina podían constituir toda una educación sentimental, una educación acaso superior a la que, cínico, holgazán, no quiso recibir de ninguna universidad.