Barclays dejó la cocaína una noche que trató de hacer el amor con Daniela y no pudo. Se sintió tan humillado que le prometió a Daniela, y se prometió a sí mismo, que nunca más aspiraría cocaína.

Daniela todavía no era su novia, pero acaso lo parecía. Era su amiga inseparable. Se habían conocido en la universidad. Ella tenía un novio musculoso que la trataba con mezquindad: le decía que estaba subida de peso, que debía ir al gimnasio, que estaba rellenita. Daniela sufría por eso.

Como Barclays viajaba todos los meses a grabar sus programas de televisión y regresaba cargado de dólares, se hartó de la universidad, se ausentó de prácticas y exámenes y abandonó la carrera de leyes. Daniela era una estudiante sobresaliente. Como además era preciosa y los profesores se enamoraban de ella, obtenía calificaciones notables y no desaprobaba un curso.

Barclays era novio de la prima de Daniela, una chica linda, intelectual, llamada Adriana. Entregada a la fe religiosa, Adriana no quería entregarse a Barclays, desnudarse ante él. Tal vez por eso, Barclays, despechado, la dejó. La quería, pero se sentía frustrado porque ella no se rendía al ayuntamiento con él.

Daniela se alegró cuando Barclays le contó que había terminado con Adriana. Tiempo después, Daniela rompió con su novio, el musculoso mezquino. Barclays celebró la noticia. Tenían casi la misma edad, Barclays veinticuatro, Daniela veintitrés. Barclays vivía en la suite de un hotel esplendoroso. Quería ser un escritor, pero solo se atrevía a escribir cuentos a escondidas. Fumaba marihuana todos los días. Aspiraba cocaína los fines de semana. Daniela no tomaba drogas. Amaba tomar vino y cerveza. Amaba ir con Barclays a discotecas marginales, subterráneas, donde se apretujaba la gente más bonita y confundida de aquella ciudad sin futuro. Amaba embriagarse de cerveza y bailar hasta el amanecer.

Fue así como una noche, borrachos y felices, despreocupados a pesar de que el país se hundía en el caos y la miseria, ajenos al fragor de las bombas que estallaban cada vez más cerca, Daniela y Barclays se confabularon como amantes.

Tiempo después, Barclays quiso hacer el amor con Daniela, tieso y anonadado de cocaína, y no pudo, y aquella noche prometió que nunca más se metería esos polvos satánicos, las caspas del Inca Atahualpa. Improbablemente, pudo dejar la cocaína. Nunca más la consumió. No pudo, o no quiso, dejar la marihuana.

Cuando Daniela terminó la universidad, decidió hacer una maestría y se mudó a Austin, Texas. Barclays le prometió que iría a visitarla. Se quedó triste, preocupado. Temía que Daniela se enamorase de otro hombre. Sin Daniela a su lado, temía volver a aspirar cocaína. Pero no volvió a esnifarla.

Como en aquellos tiempos no había Internet, Daniela y Barclays se escribían cartas larguísimas, traspasadas de amor. Barclays le escribía poemas, le mandaba cuentos, la llamaba por teléfono y se quedaban horas hablando. Se amaban. Se echaban de menos. Se decían cosas inflamadas. Se tocaban. Se necesitaban desesperadamente.

De pronto, Barclays dejó de recibir cartas de Daniela. La llamaba todas las noches y ella extrañamente ya no contestaba. Algo malo está pasando, pensaba él.

Hasta que recibió una carta de Daniela, confirmando sus peores corazonadas: estaba saliendo con un chico de la universidad llamado Geoffrey. Era lindo, risueño, encantador, y ella se sentía feliz con él. Iban al cine, a restaurantes, a bailar en discotecas entre hombres con botas y sombreros. Barclays quedó desolado. Había perdido, o estaba perdiendo, a la mujer de su vida. No podía dejarla ir, sin dar batalla. Compró un boleto a Austin y, sin decirle nada a Daniela, abordó el avión.

Exhausto e ilusionado, Barclays llegó al apartamento de Daniela y tocó el timbre, pero ella no estaba, así que se sentó al lado de la puerta y esperó a que llegara. Para su fortuna, llegó sola, sin Geoffrey. Se alegró al ver a Barclays, le dio un abrazo. Barclays dijo que se iría a un hotel cercano. Daniela se opuso y le dijo que se quedaría con ella y dormiría en el sofá cama.

-Pero Geoffrey se va a molestar si me quedo a dormir contigo -le dijo.

-No me importa si se molesta -dijo Daniela.

Esa noche, Daniela trató de dormir en su cama y Barclays buscó el sueño en el sofá, pero fue imposible. Ella le pidió que se pasara a su cama. Hicieron el amor. Fue una noche maravillosa para él. Sintió que no la había perdido. Se amaron con una intensidad quemante, abrasadora, que no menguaba. Daniela le confesó que había hecho el amor con Geoffrey, pero no era tan buen amante porque se venía rapidito y solo lo hacía una vez y quedaba rendido, extenuado.

-Tú eres mil veces mejor en la cama, tú siempre esperas a que yo termine -le dijo a Barclays, y él se sintió en el paraíso.

Al día siguiente, Geoffrey se presentó en el apartamento, golpeó la puerta, los despertó, hizo una escena de celos, rompió escandalosamente con Daniela y se marchó, ofuscado. Barclays no pudo o no quiso odiarlo.

-Es un chico lindo -le dijo a Daniela-. Ya se le va a pasar.

-No sé -dijo Daniela-. Creo que me va a odiar el resto de su vida.

Pocos días después, Geoffrey se disculpó con Daniela y le dijo que quería ser su amigo. Daniela aceptó, encantada. Barclays los invitó a cenar y al cine. Geoffrey se comportó mansamente, depuso hostilidades. Tras insultarlos a gritos, había pasado a ser un amigo amoroso, pícaro, coqueto, que salía a comer con ellos, al cine con ellos, a bailar con ellos. Era flaquito, esmirriado, muy blanco, el pelo largo y copioso, y parecía un gato famélico, a dieta. Era amable, delicado, servicial. Adoraba a Daniela y la servía dócilmente, como si fuera su súbdito o su criado. A Barclays lo trataba con tanta simpatía que a ratos este se sentía descolocado y hasta incómodo por esas muestras de cariño.

Todo el tiempo que estuvo con Daniela en Austin, Barclays no fumó marihuana ni trató de conseguirla. Hasta que tuvo que irse a grabar sus programas de televisión, y luego a la ciudad donde nació, a la suite del hotel esplendoroso, a su rutina autodestructiva de fumador de marihuana y escribidor de cuentos clandestinos en aquella ciudad sin futuro.

Como era de suponer, Daniela volvió a acostarse con Geoffrey.

-No estoy enamorada de él -le dijo a Barclays, por teléfono-. Pero necesito sentir el cariño físico de un hombre, y si tú no estás, necesito a Geoffrey.

Barclays se resignó a compartir a su novia con Geoffrey. Después de todo, pensó, ella no me va a dejar por él. Lo que me salva es que no es un buen amante.

Barclays volvió varias veces a Austin, pero no pudo alejar a Geoffrey de su novia, ni convencer a Daniela de volver a la ciudad sin futuro. Daniela eligió quedarse en Austin y estudiar un doctorado. Barclays eligió no mudarse a Austin y visitar cada tanto a Daniela. Geoffrey eligió irse a Nueva York, donde consiguió un trabajo.

Meses más tarde, Barclays pasó por Nueva York, llamó a Geoffrey y cenaron juntos. Luego caminaron al hotel donde se alojaba Barclays. Geoffrey insistió en tomar unas copas más en el bar. Se emborracharon. Cuando el bar cerró, subieron a la suite de Barclays y siguieron tomando, ahora del mini-bar. Barclays sugirió llamar a Daniela para saludarla.

-No, mejor no -dijo Geoffrey.

Como la suite de Barclays era grande y tenía dos camas, Geoffrey preguntó si podía quedarse a dormir.

-Sí, cómo no -le dijo Barclays-. Ponte cómodo.

Barclays se dio una ducha larga para sacudirse de un día agotador. Cuando salió del baño, vio a Geoffrey desnudo, boca abajo, tendido en una cama.

-Soy tuyo -dijo Geoffrey-. Hazme el amor. Hazme el amor como si fuera Daniela.