Hace veinticinco años, el inefable Barclays se propuso conquistar América, haciendo programas de televisión desde Miami.

Como sus programas tuvieron éxito, abrió las puertas del estudio a los espectadores que quisieran contemplar en directo la deslenguada ceremonia volcánica que él Barclays, protagonizaba.

Así fue como Barclays conoció a Talía Fanjul. Viuda, riquísima, heredera de negocios de azúcar y ron, Talía era discreta y no hacía alarde de su riqueza. Debía de tener sesenta y tantos años. Todavía era guapa. No se pintaba el pelo, exhibía las canas sin complejos. Manejaba un auto precioso, de colección. Se sentaba en la primera fila del plató de Barclays. Era aguda, inteligentísima, y se permitía un humor ácido, socarrón, el tipo de humor que suele invadir a las personas sabias y veteranas que comprenden que ya nada puede cambiar para bien y que la vida discurre de un modo perfectamente arbitrario y caprichoso, ajeno a nuestro control y nuestra voluntad.

Al salir al parqueo, Talía abría su auto de colección, un Mercedes elegante, y le pedía a Barclays que cargase las bolsas que le había llevado de regalo. Abrumado, él llevaba las bolsas a su auto. Al llegar a casa, hallaba en esas bolsas salmón ahumado, quesos, caviar, galletas y tostadas, jamón serrano, mermeladas, chocolates, toda clase de exquisiteces.

Talía vivía en una mansión en Coral Gables, al lado de la residencia del cónsul de España. Un fin de semana, Barclays acudió a cenar en casa de Talía y comprendió por qué ella lo quería tanto:

-Eres idéntico a mi hijo, que murió de sida -le dijo ella, de pronto conmovida-. Cuando te veo, veo a mi hijo. Mi hijo vive en ti. Por eso te quiero tanto.

Luego llevó a Barclays al dormitorio del hijo fallecido. Apenas tenía veinticuatro años cuando expiró. Barclays vio las fotos que ella le enseñó. Sí, eran parecidos: los ojos achinados, el airecillo intelectual, el flequillo cayendo como una palmera lánguida sobre la frente, la sonrisa coqueta. Talía caminó al ropero de su hijo, sacó un pantalón de cuero rojo y se lo regaló a Barclays:

-Era el pantalón que más usaba mi hijo.

Durante la cena, Talía le contó todo sobre su hijo. Se llamaba Mateo. Quería ser cantante, actor. Era un artista natural. Ella le dio todo su amor. Su padre, sin embargo, tuvo una relación difícil con Mateo. Le costó trabajo aceptar que su único hijo era gay y que el heredero de los negocios de azúcar y ron, Mateo Cisneros Fanjul, no quería heredar nada de eso, porque quería ser un artista. El joven Mateo estudió cine en Los Ángeles. Era discreto en las cosas del amor, sus padres no le conocieron novios. Amaba bailar. Esperaba con impaciencia los fines de semana para fatigar sus pericias de bailarín en las discotecas de moda. Aunque los ocultaba, se permitía amores pasajeros. Uno de ellos le costó la vida. Enfermó y murió en pocos meses. Su padre nunca se repuso de aquella tragedia y falleció de cáncer tiempo después. Talía quedó sola, destruida, muda, sin palabras.

Hasta que una noche, cambiando de canales, vio a Barclays en la televisión y pensó:

-¡Mi hijo! ¡Mi hijo Mateo! ¡Es la reencarnación de mi hijo! Al día siguiente fue al canal, conoció a Barclays y se hizo inseparable de él.

Como sabía que Barclays dormía poco y mal, Talía comenzó a llevarle, junto con las delicias habituales, pastillas para dormir: de qué manera las conseguía, Barclays no lo sabía y prefería no preguntar. Pero él tomaba todas las pastillas que ella le llevaba cada noche (Klonopin, Ambien, Xanax, Rivotril) y dormía mejor.

Una noche, al salir del programa, Talía se acercó a Barclays, lo observó con detenimiento y le dijo:

-Estás todo amarillo. Pareces un chino de Macao. Tienes que ir al médico.

Barclays no le hizo caso. La noche siguiente Talía volvió a escudriñarlo con gesto adusto y le dijo:

-Mañana te llevo al médico. Estás cada día peor.

Efectivamente, llevó a Barclays al hospital. Le hicieron exámenes. Lo internaron enseguida. Lo operaron sin demora. Barclays estaba todo amarillo porque había tomado tantas pastillas para dormir que el conducto biliar se le había obstruido, agujereado y reventado, derramando bilis, contaminándolo, envenenándolo. En pocas horas, habría muerto. De no haber sido por la decisiva intervención de Talía, habría muerto a solas, en su casa, ahíto de pastillas, amarillo translúcido.

Cuando Barclays despertó tras la operación, tenía un rosario y varias estampitas religiosas en el pecho. Talía y unas señoras devotas oraban el rosario por él. Recibiendo dosis de morfina para mitigar el dolor, Barclays sonrió, agradecido, y el murmullo de aquellas plegarias lo adormeció. Desde entonces, esas señoras, integrantes de un club de oración, se reunían alrededor de su cama y rezaban por él, como si fuera hijo de Talía. Barclays permaneció una semana en cuidados intensivos. Tal vez debido a la morfina, veía ángeles en el cielorraso que cantaban y bailaban para él: uno de esos ángeles era Mateo Cisneros Fanjul, hijo de Talía.

Barclays salió del hospital en una silla de ruedas empujada por Talía. Nadie en su familia sabía que lo habían operado. Talía acomodó a Barclays en su auto de colección y lo llevó de regreso a casa. Lo primero que hizo Barclays al llegar a casa fue tomar un puñado de somníferos: los había echado tanto de menos en el hospital. Lo segundo fue meterse en la ducha. Pero no pudo entrar solo, sin ayuda. Talía, con el debido recato, le quitó la ropa, lo condujo a la ducha y lo dejó bajó la lluvia de agua caliente. Luego, para sorpresa de Barclays, se quitó ciertas prendas, quedó en sostén y calzón y entró en la ducha y jabonó a Barclays con delicadeza, sin premura, como si estuviera acicalando un precioso objeto de porcelana, al tiempo que lo llamaba Mateo y le decía:

-Yo siempre estaré a tu lado, Mateo. En las buenas y en las malas. Mi misión en la vida es cuidarte y hacerte feliz, hijo mío.

Todas las tardes, Talía llegaba a visitar a su Mateo, llenaba la nevera de cosas deliciosas y rezaba el rosario al lado de Barclays, que aún no encontraba fuerzas para volver a la televisión. Seguía llevándole pastillas para dormir. Barclays dormía con un pijama de seda que había sido de Mateo Cisneros Fanjul. Se paseaba por su casa en una bata de algodón y unas pantuflas con las iniciales MCF.

Por fin recuperado, Barclays volvió a la televisión. Indesmayable, Talía continuó visitando todas las noches a su Mateo redivivo, colmándolo de los regalos más extravagantes: ahora Barclays poseía una colección de relojes carísimos que habían sido del esposo de Talía.

Una noche Talía no apareció en el estudio y Barclays hizo el programa con cierto desasosiego. Tenía la corazonada de que algo malo había ocurrido. Vino a enterarse al día siguiente: Talía había acudido a Fisher Island a visitar a una amiga, había subido al ferry sin bajar de su auto, pues a esa isla solo podía llegarse en ferry o en helicóptero, y súbitamente había acelerado su auto, cayendo al mar de noche, muriendo ahogada, sin poder salir del viejo Mercedes de colección.

Abatido, Barclays acudió al funeral de su amiga. Lloró por ella. Nadie lo había querido como Talía. Nadie lo querría como ella.

Cuando abrieron el testamento de Talía, Barclays, que ya era rico gracias a la televisión, se volvió todavía más acaudalado. El día que debió acudir a la notaría para firmar los papeles que le adjudicaban una parte de la fortuna de Talía Fanjul, se puso el pantalón de cuero rojo de Mateo, que ella le había regalado. Estaba tan delgado por las pastillas que seguía tomando sin prescripción que el pantalón rojo le quedó perfecto.

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