No me movía la colita. (Columna de Jaime Bayly)
No me movía la colita. (Columna de Jaime Bayly)

Unas semanas antes de que llegase la pandemia, Susana Varela, sesenta y cinco años recién cumplidos, se jubiló como gerente de una empresa pública. Había esperado ese momento con ilusión. Le gustaba su trabajo, pero sentía que necesitaba descansar. Aunque no estaba obligada a jubilarse y podía continuar trabajando y cobrando un sueldo apreciable, eligió retirarse y ajustar severamente su presupuesto para vivir con una pensión que equivalía a la tercera parte de su salario.

No sabía Susana Varela que se arrepentiría bien pronto de haberse jubilado. Al llegar la pandemia, todos en esa empresa pública dejaron de trabajar, se quedaron en sus casas y siguieron cobrando sus sueldos. A diferencia de ellos, Susana también estaba obligada a permanecer en su casa, pero cobrando ahora una magra pensión y no su salario completo.

-Qué mala suerte he tenido -pensaba Susana-. Me jubilé en febrero y la pandemia llegó en marzo. Me jubilé en el peor momento.

Ya era tarde para arrepentirse, ya no podía revocar su jubilación y volver a trabajar. Como tenía que quedarse en casa y solo podía salir al supermercado, como los restaurantes y cafés estaban cerrados, como los cines y los teatros dejaron de funcionar, como no podía reunirse con sus amigas para intercambiar pequeños chismes sabrosos, Susana Varela se dedicó a ver series y películas y a comer y beber sin mesura. En pocas semanas, engordó bastante, o al menos ella pensó que había engordado bastante, aunque su esposo Juan le pedía que no se preocupase por eso. Al verse gorda, Susana decidió que no seguiría tomando las pastillas antidepresivas, sin informar de ello a su esposo ni a su siquiatra. Unos días después, se abatió sobre ella una severa depresión. No tenía fuerzas para levantarse de la cama, no quería ver más series ni películas, extrañaba a su hija Sofía, de treinta años, que vivía en un país lejano. Como la extrañaba tanto, comenzó a llamarla todos los días. Su hija Sofía se incomodó. No le gustaba hablar por teléfono con su madre ni con nadie. A diferencia de su madre, Sofía era una mujer fuerte e independiente que no se deprimía nunca. Era muy deportista: cinturón negro de karate, tenista obsesiva, corredora de diez kilómetros cada día. Por desdicha, el recuerdo que Sofía Varela tenía de su madre no estaba exento de rencor. Pensaba que, cuando era una niña, su madre había sido distante, ausente y hasta negligente con ella. No le perdonaba eso a su madre, no encontraba la manera de perdonárselo. Pensaba que, desde niña, había tenido que cuidar a su madre. No estaba dispuesta a seguir cuidándola. Estaba harta de las depresiones de su madre. Por eso la mandó al siquiatra de la familia, la conminó a tomar sus antidepresivos y le pidió que no la llamase tan a menudo, porque, le dijo, esas llamadas perturbaban su paz familiar, rompían su armonía.

Sin embargo, su madre no le hizo caso: no visitó al siquiatra, no volvió a tomar sus pastillas, siguió llamándola. En algún momento, Susana Varela rompió en llanto y le dijo a su hija Sofía:

-Estoy harta de vivir en este departamento. Necesito mudarme. Necesito cambiar de aires. Llevo treinta años viviendo en este departamento y no aguanto más.

Susana Varela se sentía encerrada, enclaustrada, prisionera. Odiaba a sus vecinos, a todos sus vecinos, a los que consideraba vulgares y ruidosos. Odiaba a su vecindario, que, en su opinión, se había acanallado o, como decía ella, maleado. Quería mudarse a un apartamento más grande, en un barrio más noble, más tranquilo. Pero no tenía el dinero y su marido tampoco. Por eso Susana le pidió a Sofía, su única hija:

-Te ruego que me ayudes a comprar un departamento. Tú tienes bastante plata, hija. Lo compras, lo pones a tu nombre y después vendemos este y te damos toda la plata. Así sales ganando.

De pronto Sofía Varela sintió una desusada compasión por su madre y le prometió que compraría un departamento para ella. Enseguida, Susana salió a buscar propiedades en el barrio más seguro y sosegado de la ciudad. No tardó en encontrar una. Le mandó fotos a su hija.

-Hay que comprarlo ya mismo -le dijo-. No podemos demorarnos. Hay otras personas interesadas. Está a un precio espectacular.

Si Sofía Varela compraba ese apartamento para su madre, tenía que invertir en él casi todos sus ahorros, el ochenta por ciento de sus ahorros. Luego, con suerte, sus padres venderían el apartamento del que querían escapar y ese dinero supondría una ganancia no menor para ella. Pero, en el momento crucial de ir al banco y transferir el dinero a la cuenta de su madre, Sofía no pudo hacerlo: un antiguo rencor la refrenó y paralizó, y se sintió abusada, atropellada, violentada, y razonó que no quería mandar su dinero a ese país lejano y enloquecido donde las propiedades seguramente se depreciarían con los años.

-Lo siento, mamá -le dijo Sofía a su madre-. No voy a comprarte un departamento. Tienes que aprender a ser feliz en tu departamento de toda la vida. No es justo que me pases tus problemas y ansiedades.

Sintiéndose desairada por su hija, Susana Varela cayó en una depresión más profunda. No quería levantarse de la cama, no quería comer, no quería hablar con nadie. Una tarde, descorazonada y vacía, recibió un mensaje de una asociación que salvaba a perros abandonados y abusados, pidiéndole que adoptase a una perra callejera. Susana decidió adoptarla, sin decirle nada a su esposo. Era una perra grande, que había sido recogida a la vera de una autopista, escuálida, aterrada, lesionada, muerta de hambre, llena de pulgas.

Tan pronto como adoptó a la perra, Susana Varela se sintió mejor, mucho mejor. Llamó Lola a la perra. Dedicó sus mejores energías a cuidarla y mimarla. Pasaba el día entero con ella, paseándola por el barrio, llevándola al parque, aseándola, dándole de comer. Solo había un problema: la perra era muy grande para el departamento en que vivían Susana y su esposo Juan, y defecaba en todas partes, lo que ponía de mal humor a Juan, quien tenía que recoger los excrementos a regañadientes. Además, la perra subía de noche a la cama de la pareja, y eso incomodaba tanto a Juan Varela que con frecuencia se trasladaba refunfuñando al sofá de la sala.

Sofía Varela, amante de los perros y los gatos, amante de los animales en general, estricta vegana, se alegró al saber que su madre había adoptado a una perra callejera y que eso al parecer la había curado de la depresión. A menudo le pedía a su madre que le mandase fotos de la perra Lola. No tardó en encariñarse de Lola y aguardar con ilusión el momento de conocerla.

Tras un comienzo tan auspicioso con la perra Lola, de pronto Susana Varela se sintió cansada, exhausta, y se quedó sin fuerzas para seguir cuidando a la perra, y decidió dejarla todos los días, de ocho de la mañana a seis de la tarde, en un club de perros. Aliviada, volvió a su rutina sombría, depresiva, de quedarse en casa, ensimismada, y pensar que era la mujer con peor suerte en el mundo, pues se había jubilado a destiempo, y sentir que su hija no la quería, no la extrañaba, no le perdonaba las heridas y los traumas del pasado. Entonces, sin decirle nada su esposo ni a su hija, Susana decidió que estaba harta de la perra Lola y que debía liberarse de las servidumbres que ese animal le imponía. La llevó a la asociación donde la había adoptado y la devolvió. Cuando le preguntaron por qué la devolvía, Susana Varela respondió:

-Es muy grande para mi departamento. Me da mucha ansiedad. Me estresa.

Unos días después, Juan Varela le contó a su hija Sofía que la perra había sido devuelta. Sofía montó en cólera y llamó de inmediato a su madre y le preguntó por qué había devuelto a la perra Lola.

-No me quería -dijo Susana Varela-. Era fría conmigo. No me movía la colita. Nunca me movió la colita.

-¡Cómo pudiste devolverla! -gritó Sofía Varela-. ¡Eso no se hace, mamá! ¡Lola ya tenía una familia, un hogar! ¡Era tu hija! ¡Has rechazado a tu hija! ¡Eres una egoísta!

Indignada, Susana Varela respondió:

-¡La egoísta eres tú, Sofía, que tienes un montón de plata y no me ayudas a mudarme!

-¡Has hecho con la perra lo que hiciste conmigo toda la vida! -gritó Sofía Varela-. ¡Dices que la perra era una mala perra porque no te movía la colita, no te daba suficiente cariño, y por eso la devuelves! ¡Lo mismo que conmigo, mamá: toda la vida me has dicho que soy una mala hija, una hija fría, una hija distante! ¡Eres una egoísta, mamá! ¿Yo tampoco te muevo la colita, no es cierto? Cuando quieres que te mande mis ahorros, ¿no te muevo la colita, no es verdad?

-¡Ya basta, hija! ¡Ya basta!

-¡Mañana mismo vas a recoger a la perra y te disculpas, mamá!

-¡No lo haré! ¡Quién te has creído para darme órdenes, insolente!

-¡Eres una mala madre, una pésima madre!

-¡No! ¡Tú eres una mala hija!

Cortaron la comunicación. Susana Varela se tendió en su cama y tomó pastillas para dormir. Su hija Sofía se puso ropa deportiva y salió a correr a toda prisa, escuchando música. Las dos lloraban: una, tratando de dormir; la otra, corriendo como si huyera de su madre.

Pasaron las semanas sin hablarse, hundidas en un silencio tenso, cargado de reproches. Juan Varela se replegó a leer novelas y ver partidos de fútbol. Sabía estar solo, sabía vivir sin quejarse, sabía respetar las distancias que su hija le imponía. En vísperas del cumpleaños de Susana Varela, su hija Sofía tuvo un arrebato de generosidad y decidió que invitaría a sus padres a un hotel en la playa, al norte del país, donde las medidas de confinamiento eran menos estrictas. Sin contarles nada, les compró los billetes aéreos, pagó siete noches en una de las mejores suites del hotel y les dio la buena noticia a sus padres:

-Mamá, pasarás tu cumpleaños en un hotel precioso, en la playa más linda del país. Papá, les he reservado una cabaña en la playa, frente al mar, con una hamaca, como a ti te gusta. Y les he pagado anticipadamente todas las comidas y bebidas.

Conmovida, Susana Varela derramó unas lágrimas, al tiempo que decía:

-Gracias, mi hijita linda. Eres la mejor hija del mundo.

A su turno, Sofía Varela le dijo a su madre:

-No, mamá, no soy la mejor hija del mundo, ni la peor hija del mundo. Pero soy tu hija y te quiero mucho y me da pena cuando estás mal.

Luego Sofía pensó en decirle a su madre que debía recoger a la perra devuelta, pero se refrenó, no se lo dijo, permaneció en silencio.

Cuando cortó el teléfono, Sofía Varela le dijo a su esposo Joaquín:

-Qué alivio que vivo lejos de mi madre. Los he invitado a esa playa porque yo sé, aunque no me lo digan, que ya querían venir a visitarme.

Ahora Susana Varela está contenta porque pasará su cumpleaños en un hotel frente al mar y su hija Sofía está contenta porque su madre no irá pronto a visitarla.

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