(Perú21)
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Pía no hace honor a su nombre: se ha vuelto atea.

No siempre fue atea. En su niñez y adolescencia, era la más devota del colegio. Todavía preservaba la fe religiosa en la universidad.

Dos hechos desgraciados pusieron en entredicho su condición de creyente. Con veinte años, tuvo un novio que murió de un infarto jugando un partido de básquet. Pocos años después, se enamoró de un joven que meses más tarde murió en un accidente de tránsito.

Aquellos infortunios tuvieron un efecto devastador: Pía dejó de creer en Dios y llegó a la conclusión de que era una mujer traspasada por la mala suerte.

Sin embargo, no se rindió. Concluyó sus estudios de leyes, ejerció un tiempo como abogada y se fue a Londres a estudiar una maestría en una universidad de prestigio.

Tan pronto como se graduó en Londres, decidió que buscaría trabajo en Barcelona. Sus padres le enviaron suficiente dinero para que viviese cómodamente un año en Barcelona, buscando trabajo. Como era muy lista, eligió desde Londres un lugar donde vivir en Barcelona, una habitación que alquilaba la dueña de un apartamento en el barrio de Sarriá. Firmó un contrato y le envió el dinero por los primeros tres meses. Cuando llegó a Barcelona, ocupó la habitación que había arrendado. Le pareció que el lugar no carecía de encanto. Sintió que, después de tantas contrariedades sentimentales, dos novios perdidos trágicamente, se merecía ser feliz.

Entonces comenzaron los problemas.

Rita, la dueña del apartamento, parecía una mujer agradable. No trabajaba, o no acudía a una oficina a trabajar con un horario y unos jefes. Catalana, independentista, pelo rojizo y rizado, guapa sin provocar escándalos, recibió a Pía y le recordó que no podía llevar gente al apartamento: ni amigas, novios o amantes, ni tan siquiera familiares. Hizo una excepción: si vienen tus padres, pueden pasar un momento, pero no quedarse a dormir.

El infierno comenzó la primera noche.

Rita llevó a un hombre al apartamento, se encerraron en su habitación y se entregaron a una sesión de sexo prolongada y tremendamente ruidosa. Como la habitación de Rita era vecina a la de Pía, apenas una pared dividiéndolas, el escándalo que montaron los amantes perturbó a Pía, le impidió dormir y la tuvo casi dos horas escuchando los jadeos, los gritos, las súplicas calenturientas, el estrépito del colchón, los golpes de la cama contra la pared, los ruegos salpicados de lascivia, el júbilo orgásmico. Pía quiso ponerse unos audífonos para mitigar el fragor de los amantes o aislarse de él, pero no los encontró, por lo visto los había perdido. Decidió ser comprensiva y no quejarse. No quería quedar como una mojigata ante Rita. No quería parecer una puritana o una reprimida. Con suerte, mañana dormiré mejor, se dijo.

Pero las cosas no mejoraron.

Porque la noche siguiente Rita llevó a otro hombre al apartamento. Pía se echó en su cama y escuchó los ruidos animales, bestiales, de la cópula, el dominio o la rendición de los amantes, los brotes de pasión en el exuberante jardín de la lujuria. Llevaba semanas sin acostarse con un hombre. Pero escuchar los gritos de Rita no solo no la excitaba ni la predisponía al sexo, sino que la irritaba, la enfurecía, quizás hasta la humillaba. Sentía que Rita era vulgar, indelicada. Cómo puede gritar así, si sabe que estoy al lado, escuchándolo todo, pensaba. Entretanto, Rita gritaba sin inhibiciones, como si fuese la última fornicación de su vida:

-¡Dámelo todo!

Harta de escuchar el frenesí vocinglero de los amantes, Pía salió a caminar. Cuando regresó, el amante se había marchado y Rita dormía.

De pronto, sintió que comenzaba a odiar a Rita.

Unos días después, a eso de las tres de la tarde, Pía sintió que Rita regresaba al apartamento en compañía de un hombre. Se asomó, los saludó, confirmó que era otro hombre, uno distinto, no el primero ni el segundo, y que ese muchacho tenía a un perro chihuahua. Sin perder el tiempo, Rita y su acompañante pasaron a la habitación y comenzaron a follar a los gritos, mientras el perro ladraba histéricamente, víctima de un ataque de celos. Pía pensó: en apenas una semana Rita ha metido a tres hombres distintos a esta casa, y ahora está cogiendo a las tres de la tarde. Esto no puede seguir así, se dijo. Mientras tanto, Rita gritaba:

-¡Dámelo todo!

Pía pensó: tengo una mala suerte increíble, he venido a vivir a la casa de una ninfómana.

Cuando el amante se marchó, Pía le dijo a Rita que no aguantaba más aquel festival de ruidos eróticos. Rita se disculpó y prometió que en adelante no sería tan ruidosa.

Un par de noches después, Pía se encontraba durmiendo cuando los ruidos de Rita y su amante la despertaron. De nuevo, se sintió violentada. No se calentó, no los envidió, no pensó en tocarse, afiebrada por ellos. Cuando terminaron y el tipo se marchó, Pía ejecutó su venganza: abrió una página de pornografía en su tableta, eligió a una pareja española y subió el volumen al máximo. No fue un exabrupto: ya había tramado aquella venganza, la de someter a Rita a los ruidos más o menos procaces de la pornografía, y por eso eligió con cuidado a una pareja española que, mientras cogía a lo bestia, gritaba las cosas más desaforadas y libidinosas. A los pocos minutos, Rita golpeó la puerta. Pensó que Pía estaba teniendo sexo con alguien. Se sorprendió de verla sola, mirando pornografía. Le exigió que bajase el volumen. Pía respondió:

-Nuestro contrato no me prohíbe ver pornografía.

Rita preguntó:

-¿Pero no puedes verla con audífonos?

-No tengo audífonos. Los he perdido.

Al día siguiente, Rita le regaló a Pía unos audífonos que ella había dejado de usar. Pía se los devolvió. Volvió a quejarse:

-Quiero irme. Por favor, devuélveme mi dinero.

Rita se negó y dijo que estaba en todo su derecho de llevar amantes al apartamento. Fue la declaratoria oficial de guerra. Rita dijo que seguiría cogiendo con estridencia. Pía dijo que pondría pornografía chillona a cualquier hora.

La tensión entre ambas escaló, el aire se volvió irrespirable, Pía siguió escuchando pornografía salpicada de pirotecnia verbal para mortificar a su vecina, quien continuó llevando amantes más o menos chulos o gamberros, a los que, en los momentos de máxima tensión erótica, espoleaba a los gritos de:

-¡Dámelo todo!

Una noche, buscando videos aficionados de parejas españolas, Pía se llevó una gran sorpresa: la mujer del video parecía ser Rita y la habitación donde transcurría la refriega erótica parecía ser la de Rita. No puede ser, pensó, he venido a vivir a la casa de una actriz porno.

No pudo guardar el secreto. Al día siguiente, invitó a Rita a tomar unas cervezas. Con toda delicadeza, le mostró su hallazgo, el video pornográfico. Para su sorpresa, Rita no se ruborizó.

-Sí, soy yo –dijo–. Qué curioso que me encontraste.

Pía se sorprendió de estar mirando a Rita con cariño. De pronto, había dejado de parecerle odiosa y refulgía como una mujer moderna, libre, desprejuiciada.

-Es mi trabajo –dijo Rita–. Hago porno. Grabo vídeos en mi casa. Los vendo a una página de vídeos amateurs.

-¿Te pagan bien? –preguntó Pía.

-Cinco mil euros por vídeo –respondió Rita–. Hago un vídeo por semana. Grabo dos o tres por semana, pero solo vendo el que más me gusta.

Pía preguntó cómo conseguía a sus amantes.

-Los escoge la empresa –dijo Rita–. Yo solo tengo que aprobarlos, viendo sus fotos.

Tras una pausa reflexiva, Pía preguntó:

-Pero si ganas tanto dinero, ¿por qué me alquilaste la habitación?

Rita la miró a los ojos con genuina simpatía y le dijo:

-Porque a veces me siento sola.

Luego añadió:

-Y porque me gusta hacer tríos.

-¿Tríos? –dio un respingo Pía.

-Sí –dijo Rita–. ¿Te gustaría?

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