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Ariel Segal, Opina.21 Arielsegal@hotmail.com

El único candidato presidencial "reformista" de los seis permitidos por los máximos clérigos de Irán ganó las "elecciones" del 14 de junio pasado.

Las comillas del párrafo anterior son relevantes para indicar que el nuevo presidente, Hasan Rohani, no puede hacer las reformas importantes que la mayoría de los persas desean pues, de excederse en confrontar a la cúpula gobernante conservadora, podría ser condenado a arresto domiciliario como el excandidato Mir-Hosei Musavi que, junto con sus aliados, lideró la "revolución de terciopelo" de 2009, tras desconocer la supuesta victoria de Ahmadinejad en ese año.

Tampoco el acto comicial tiene mayor trascendencia en un país en el cual las atribuciones del jefe de Gobierno y del Parlamento pueden ser anuladas por el líder espiritual, el Ayatolá Jameini, o por el Consejo de los Guardianes de la Revolución (CGR), un organismo formado por 12 doctos del Islam.

Si bien no deja de ser una buena noticia que el candidato menos radical se impusiera con un discurso moderado que busca mejorar las relaciones con Occidente, Jameini y sus compañeros del CGR han demostrado, en los últimos cuatro años, que mantienen un férreo control de la política iraní que no permite mayores espacios a quienes plantean otorgar más poder a los funcionarios electos.

Dado que el programa nuclear iraní es una política de Estado y no de un gobierno de turno, Rohani tendrá que alentar al clero de su país, más que al mundo, que Irán no construirá bombas nucleares y detener su batalla hegemónica en el Medio Oriente con su apoyo a grupos islamistas chiítas como Hezbolah en El Líbano y al gobierno del sangriento Bashar Al-Assad en Siria.

A menos que el balance de poder se reforme, a parte de un discurso nada parecido al de Mahmud Ahmadinejad, el único cambio obvio que veremos en los próximos tiempos es que "ya no será tan difícil recordar y pronunciar el nombre del presidente iraní".