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El indocumentado

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Jaime Bayly
Jaime Bayly

Solo en su casa, comiendo más chocolates de los que debiera, harto del calor espeso, sofocante, que se abate viciosamente sobre los habitantes de la isla, Jimmy Barclays, el hombre que desde niño se ha jactado de saber estar solo, tiene que decidir adónde viajar, aprovechando el feriado del 4 de julio, que le concede unas noches libres de la televisión, donde presenta un programa en el que fatiga sus dotes de charlatán.

Barclays, que cultiva minuciosamente la duda, ha comprado tres boletos aéreos y ahora no sabe cuál de ellos usar. Puede ir a Lima, donde están su esposa y su hija menor, que huyeron del calor agobiante tan pronto como la niña salió de vacaciones. Puede ir a Nueva York, donde se encuentran sus dos hijas mayores, ninguna de las cuales necesita desesperadamente verlo. O puede ir a Buenos Aires, donde no lo espera nadie, salvo una agente inmobiliaria que quiere enseñarle unas casas en venta en un suburbio al norte de la ciudad.

Hace dos semanas que Barclays no ve a su esposa, a su hija menor y al perrito del que se ha enamorado y con el que se besa lengua con lengua. Las echa de menos, necesita verlas, y al caniche lo extraña como si fuera su hijo. Ninguna criatura viva me quiere tanto como él, piensa. Luego se pregunta si debe viajar a Lima a reunirse con su familia. Sería lo más razonable, se responde. Serían días cómodos, con mis chicas, con el perrito, con ayuda doméstica, disfrutando de un clima benévolo, el suave invierno de Lima, con su niebla afantasmada y su garúa melancólica. Debería, pues, viajar a Lima. Pero algo lo frena, lo disuade: las relaciones con su madre, que el año pasado eran espléndidas, a tal punto que viajaron juntos a Washington, se han deteriorado, pues tanto ella como él son dados al melodrama y la exageración, y pasan de la adoración al recelo y la animosidad como dos adolescentes alocados. El corazón de la discordia es uno de naturaleza moral: su madre está mortificada porque él solo sabe escribir de los conflictos familiares, y le ha pedido que deje de escribir sobre la familia, y él se ha sentido agraviado en su libertad creativa y ha dicho que no puede comprometerse a lo que ella le pide. Por favor deja a la familia en paz, le ha dicho ella. No sé escribir de otra manera, se ha defendido él. Entonces deja de escribir, le ha sugerido ella. Si al final ni siquiera te pagan por lo que escribes, ha añadido. No puedo dejar de escribir, ha dicho él. Sería como morirme, ha sentenciado. Esa tensa conversación tuvo lugar en el cuarto de oración que ella, una mujer religiosa, tiene en su casa de Miraflores. Desde entonces no han vuelto a verse. Ni siquiera se escriben. Barclays, rencoroso, no quiere verla. Su esposa tampoco tiene ganas de visitarla. Estar en Lima y no ver a mi madre será doloroso, piensa él. Mejor no voy, si de todos modos iré a finales de mes a presentar una novela en la feria del libro, cuál es el apuro de ir ahora.

A sus hijas mayores no las ha visto hace dos meses. Le preocupa la salud mental de su hija mayor. No sabe si está recuperada de una severa crisis depresiva que la atacó semanas atrás. Le asusta que ella tome muchas pastillas sin prescripción, como él ha hecho imprudentemente durante años; que se haga adicta a los opiáceos, una plaga que se ceba con algunos de los espíritus más sensibles de su generación; que no tenga ganas de vivir. No sabe qué hacer para ayudarla. Le transfiere dinero, le escribe a menudo, le pregunta si está bien. Pero no tiene respuesta. Y espera a que ella le dé una señal. Y se pregunta si no sería mejor aparecerse, decirle estoy acá, quiero verte, ven a mi hotel. Porque no sabe dónde vive ella. Desconfiada, ella no ha querido decírselo. Barclays sabe el barrio donde vive su hija, pero ignora la dirección exacta. ¿Y si voy a Nueva York con el único propósito de verla y ella me elude y se vuelve translúcida, inasible? Es mejor esperar. El día en que tiene que viajar, recibe un correo de su hija: “Pa, gracias por la plata, no necesito que vengas, estoy bien”.

En Buenos Aires no tiene familia ni amigos, pero es una ciudad a la que ama irracionalmente. Tiene citas tentativas con analistas financieros que vigilan sus inversiones; invitaciones a programas de televisión; y un acuerdo con la corredora inmobiliaria para ver casas en las afueras de la ciudad. Barclays prefiere ir solo y no con su esposa a Buenos Aires, porque ella dice que esa ciudad, sin Uber, sin Amazon, sin tiendas Apple, no es del primer mundo. Soy un tercermundista sin remedio, porque me encanta Buenos Aires, piensa. Todo le resulta seductor: ver los partidos del mundial, a pesar de que la Argentina ha sido eliminada; pasar unos días de frío polar, con calzoncillos largos, abrigado a tope; comer tostados y medialunas como si no hubiera mañana; ir al cine en función de matiné; leer las revistas acanalladas de mujeres exhibiendo las nalgas y ver los programas de chismes insidiosos que tanta gracia le hacen.

Jimmy Barclays se somete entonces a la prueba de la muerte inminente o muerte súbita: si este fuera el último año de mi vida, si fuese a morir en diciembre, ¿adónde viajaría ahora mismo, estos cuatro días de asueto: a Lima, a Nueva York, a Buenos Aires? No lo duda: a Buenos Aires.
Entonces se da una ducha, hace las maletas y se dispone a salir de casa. Faltan solo dos cosas: sus pastillas y el pasaporte. Mete las pastillas en el maletín y abre el cajón para retirar el pasaporte. Pero el pasaporte no está. Revuelve sus papeles. Abre todos los cajones del escritorio. Revisa los bolsillos de sus sacos y chaquetas. Empieza a angustiarse, desesperarse. Baja a la cocina, abre todos los cajones. Busca dentro de las camionetas. Hurga en los escritorios de su esposa y su hija. Mira debajo de la cama, no vaya a ser que el perrito se puso a jugar con el pasaporte.

Una hora después, al borde de un ataque de nervios, comprende que sin pasaporte no podrá viajar. A ninguna parte. A Buenos Aires, ni a Lima, ni a Nueva York. Está irritado, furioso. Se siente un imbécil. Quiere romper algo, se insulta a gritos. Llama a su esposa, ella no sabe dónde puede estar el pasaporte, intenta calmarlo. Es en vano. Barclays está desquiciado, fuera de control.

Desbordado por la rabia y la impotencia, llama a la aerolínea y anuncia que no viajará esa noche porque no tiene un pasaporte. Soy un tarado, piensa. Esto solo le pasa a un tarado, se flagela.

Entonces Jimmy Barclays se siente el hombre más tonto del mundo.
Al día siguiente, feriado, 4 de julio, no sale de casa. Pasa horas buscando el pasaporte en los lugares más absurdos o recónditos, pero no lo encuentra. Seguramente lo olvidé en el vuelo de Los Ángeles a Miami hace dos semanas, se resigna. A la noche, el bullicio de los fuegos artificiales perturbando la calma habitual de la isla, su esposa lo llama y le dice que el pasaporte estaba en la mochila de su hija. Riéndose, le cuenta que la niña tomó prestado el pasaporte de Barclays, le sacó una foto al perrito con su cámara instantánea, despegó la foto de su padre y pegó la del caniche.

Cuando su madre le preguntó por qué hizo eso, la niña respondió:-Porque los perros también viajan con pasaporte.

Entonces Jimmy Barclays se siente el padre más orgulloso del mundo.

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