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Carlos Tapia
Carlos Tapia

1.- Comencemos por el sarcasmo. El 13 y 14 de abril, nuestro país será anfitrión de la VIII Cumbre de las Américas, a la que deberían asistir los presidentes de los 35 países, incluido Cuba y el ‘desinvitado’ Maduro. ¿Saben cómo se le ha llamado a esta VIII Cumbre? Cuídense de la carcajada, como anillo al dedo, pareciera que ya sospechaban: “La gobernabilidad democrática frente a la corrupción (y la impunidad)”.

2.- La corrupción en torno a Odebrecht ha salpicado a varios países de la región, pero en ninguno a una sucesión de presidentes que entregaban el poder a otro de la misma calaña.

3.- Todos sentimos una profunda vergüenza. Tanto, que quienes ya daban por hecho el corrupto financiamiento en las campañas electorales no han dejado de estremecerse al conocer las declaraciones de Barata. Pero esta vergüenza aumentó cuando los candidatos involucrados rápidamente torearon su responsabilidad afirmando “a mí nadie me dio nada”. Acerca de la inocencia de las personas nombradas como receptores directos del dinero, preferimos guardar silencio. A veces uno siente pena combinada con náuseas.Este terremoto político ha paralizado a la gente. El “ya sabíamos” y “no hay por qué asombrarse” expresan, por una parte, un cinismo desmovilizador y, por otra, el miedo ante lo que podría ocurrirle a quienes se sienten amenazados por una hipotética trifulca social y el ahondamiento de los problemas económicos.

4.- Indignación, porque no se trata solo de una corrupción política al más alto nivel que nuestra justicia tendrá que castigar. También, la ofensa a la nación ya que el presidente es el más alto dignatario que la representa y jefe supremo de nuestras fuerzas armadas, la de Grau y Bolognesi. Han prostituido este título. Solo les sirvió para presidir desfiles que nunca los sintieron suyos porque estaban pensando en sumas y restas. Por eso, también, nuestra indignación.

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