Fátima Toche
Fátima Toche

No existe razón que justifique que, en un país medianamente civilizado, una niña se convierta en madre. Si ya es un terrible fracaso como sociedad que las violaciones de menores de edad sean pan de cada día (en 2017, según cifras del MIMP, 6,030 mujeres menores de edad fueron violadas), que se ponga en riesgo la vida y salud de esas niñas ultrajadas permitiendo que culminen un embarazo pone al Estado en una situación de violación directa de los derechos del niño. Y esta situación lamentablemente no se limita a los casos aislados en prensa, sino veamos la escalofriante cifra proporcionada por Reniec de 1,702 niños/as de madres de entre 11 y 14 años inscritos en 2016.

Esta situación se da a pesar de que en el Perú el aborto terapéutico se encuentra despenalizado desde 1924, aunque increíblemente su protocolo de aplicación fue aprobado recién en 2014, y de que, en 2011, nuestro país fue sancionado por el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) de la ONU por negarle este tipo de aborto a una niña de 13 años. Que una niña sea madre no es una maravilla de la naturaleza, es una violación de derechos humanos.

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