(Foto: Josue Ramos Champi/GEC)
(Foto: Josue Ramos Champi/GEC)

Y llegó el momento de la verdad. Queda ahora en manos de cada uno emitir mañana un voto informado, midiendo las consecuencias que tendrá la decisión que tomemos. Los próximos cinco años serán cruciales para el país. De quien tome las riendas del gobierno dependerá que el Perú retome la senda del crecimiento, afectado severamente por el impacto de la pandemia y los enfrentamientos políticos del último lustro.

Quienes lideran los sondeos superan a duras penas el 12% de intención de voto, señal indiscutible de un escepticismo ciudadano que poco o nada espera de una clase política con la cual le cuesta identificarse.

Pese a ello –o por eso mismo–, debemos asumir la responsabilidad de elegir con cuidado y de ir a votar: lo que recibirá el próximo presidente será un país con dos millones de desempleados, una caída del 11% en el Producto Bruto Interno (PBI), miles de empresas –grandes, medianas o pequeñas– en quiebra, una pandemia mortal que se resiste a ser erradicada y una serie de leyes y proyectos de ley, impulsados por el actual Congreso, que solo multiplicarán el daño del COVID-19, no solo en la salud pública, sino en el bolsillo de todos los peruanos, especialmente en el de los más pobres.

La crisis en que hoy se encuentra el Perú no deja lugar para el extremismo, la demagogia, las fórmulas improvisadas, antojadizas, o inconsistentes con la ciencia médica o la economía global. Se debe sufragar pensando en rechazar, a toda costa, cualquier retroceso a esquemas o creencias superadas largamente por las democracias modernas.

De ahí la necesidad de informarse bien antes de decidir qué casilleros marcaremos en la cédula. Todavía hay tiempo para revisar trayectorias, acompañantes, alianzas, viabilidad de promesas, comportamientos sociales y privados, referencias internacionales, compromiso con la democracia y la libertad, apertura al diálogo. Ese es el voto que el Perú, y el futuro de nuestros hijos, requiere con urgencia.


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