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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Es lo que se lee en un aviso que ofrece un puesto de trabajo en un periódico chino. En el caso de menores de 34 años no va a ser fácil. En efecto, como sabemos, desde 1979, las parejas chinas pueden procrear una sola vez. Antes, ya el 45% tenían un solo retoño, pero se trataba de una decisión. A partir de ese momento se trata de una política de Estado, obligatoria, de cumplimiento compulsivo.

La revista Science pública en su último número un estudio que compara a personas nacidas antes y después de 1979, con respecto de una serie de variables. Todos son pekineses –el cumplimiento y seguimiento es más riguroso en la capital– y provienen de hogares similares en nivel de educación y posición socioeconómica.

Los integrantes de los dos grupos fueron sometidos a una serie de juegos en los que se debe decidir si se toma riesgos o no, si uno coopera o compite, si uno es dadivoso o egoísta; además de una prueba de personalidad que mide cinco dimensiones.

Los resultados son interesantes y parecen hacer justicia al apodo de los niños chinos de hoy: pequeños emperadores. En efecto, los nacidos luego de la instauración de la política de hijo único son conservadores y dudan en tomar riesgos, prefieren no poner a prueba sus habilidades y no competir, son esencialmente poco generosos; además de tomarse libertades con respecto de normas y reglas (más tramposos) y ser más impredecibles emocionalmente.

Esas diferencias, aunque menos pronunciadas, siguen verificándose cuando se los compara con hijos únicos nacidos antes de que la decisión sobre el tamaño de la familia fuera un asunto de Estado.

Cuando estamos obligados, todos, a criar una sola vez, el hijo o hija tiende a convertirse en un proyecto, el proyecto, la única oportunidad de mostrarnos y mostrar al mundo un desempeño óptimo y un producto exitoso. Un contexto en el que los nudos y desencuentros propios de toda relación cercana se agudizan y hacen perversos. ¡Pobres padres, pobres hijos!