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El panorama global es que la economía mundial no levanta el ritmo de crecimiento, que los precios de los activos siguen por las nubes y que el problema de las deudas excesivas –la causa de la crisis del 2008– sigue sin solución. Ante esta afirmación general, no faltará quien esgrima los contraejemplos del caso: que la economía de los EE.UU. ha venido mejorando, la de Alemania continúa sólida y que en algunos países –Grecia, Rusia, Brasil, entre otros– se pueden comprar activos hasta a precios de ganga. Cierto, pero el contexto general es de crecimiento raquítico, sobrevaluación de activos y focos de endeudamiento insostenible.

Hablé del problema de las deudas en una reciente columna; me referí a un estudio de la consultora McKinsey que demuestra que, a nivel global, el endeudamiento total, público y privado, en realidad ha aumentado del 279% del PBI global en 2007 al 286% en 2014. La gran paradoja es que supuestamente estamos en un proceso de desendeudamiento y, a siete años de la crisis, las deudas siguen al alza. El que las deudas sumen cero no es consuelo; los deudores con problemas seguirán lastrando el crecimiento o incluso nos podrían plantar frente a otra crisis financiera.

El mejor registro de la lenta recuperación de la actividad económica nos lo ofrecen las cifras de comercio mundial. Entre 1995 y 2007, el comercio crecía a una tasa promedio mensual de 0.53%, mientras que, desde el 2010, solo crece al 0.22%. Algo menos de la mitad de un mes a otro, pero, capitalizadas las tasas mensuales a una década, se convierten en un 89% decenal antes de la crisis frente a un 30% decenal después; no en vano es el interés compuesto "la fuerza más poderosa de la naturaleza", Einstein dixit. Ante tal brecha entre el antes y el después, a nadie debería de sorprender el derrumbe de los precios del petróleo, cobre y otras materias primas.

El activismo fiscal y monetario nos salvó del abismo en 2008. Pero la perpetuación del facilismo monetario está postergando las reformas necesarias y fomentando la especulación financiera. Mi indicador favorito de la sobrevaluación, fruto de esa especulación, es el ratio precio/utilidad CAPE de Robert Shiller. Para el índice bursátil S&P500 de los EE.UU., dicho indicador muestra un nivel de 28, únicamente rebasado en siete de los últimos 135 años, que son 1929 y el sexenio 1997-2002, es decir los tiempos de "exuberancia irracional" con desastrosos desenlaces.

Habría que recordar a los "policy-makers" aquello de "si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo", también cosecha de Einstein.