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Juan José Garrido,La opinión del directordirector@peru21.com

Hasta hace muy poco, distintos frentes reivindicaban la actuación política de la Primera Dama, Nadine Heredia. En la oblicua visión de estos allegados, la señora Heredia tiene todo el derecho, ya no sólo de opinar, sino de actuar a nivel del Ejecutivo. La defensa fue cerrada con mayor sosiego cuando su esposo le encargó el partido en una cálida noche de verano.

Para otros, este dinamismo no era muestra tan sólo de una hiperactiva Primera Dama, sino de su intención de postular a la presidencia en el 2016. Posibilidad que ha sido tanteada por distintos personajes allegados al gobierno. Al punto que, incluso, algunos constitucionalistas cercanos al oficialismo han adelantado opinión –favorable, por supuesto– al respecto.

Y así, mientras la señora Heredia desplegaba desdén por las formas, otros criticaban la inmadurez y otros la defendían, todo bajo el teatrín de la agenda. Si no está en agenda, no está pues, y punto. Ese es el resumen ejecutivo al que nos teníamos que ajustar quienes, por obvias razones, manteníamos preocupaciones institucionales.

Llegamos así al vergonzante espectáculo de febrero, cuando parte de la oposición dijo ¡basta! (claro, dentro de lo que nuestra oposición puede expresar), y en Palacio juraron que sí, que esta era la ultimita, que Nadine ya entendió y que vayamos a dormir tranquilos. Pero, como en el enunciado de Monterroso, al despertar, Nadine seguía ahí, sonriente, populachera, dadivosa… y ejerciendo el poder, como siempre.

Pues bien, para quién tenía todavía alguna pequeña sospecha, la misma ha quedado superada. Nadine manda en el partido, en el Congreso, en el Ejecutivo y sabe quién en qué otro ámbito de poder. Y, qué quieren que les diga, se parece mucho a otros regímenes donde el poder se acumulaba y se acumulaba, y se destrozaba cualquier barrera que se presentase en el ejercicio de acumulación.

El problema cae por peso propio, ¿cuánto es suficiente? ¿Qué hará cuando todo ese poder tenga que ser devuelto, entregado a su legítimo dueño: el pueblo?