Hacia la nueva normalidad. (Foto: AFP/Raul ARBOLEDA)
Hacia la nueva normalidad. (Foto: AFP/Raul ARBOLEDA)

Parece que el mundo empieza a pensar que es posible volver a la normalidad. Que las familias y amigos nos volveremos a reunir; que los abrazos y besos no serán más “vectores de contagio”; que podremos salir a la calle, simplemente porque sí, sin atenernos a horarios, sexo o edad. En resumen, que podremos volver a disfrutar de la vida.

Pero, de pronto, te hablan de “nueva normalidad”. Aberrante expresión que entraña en sí misma una “contradictio in terminis”. Y nos dicen que para ir a la playa tendremos que pedir hora, que en el bar habrá que guardar las distancias o que el fútbol se reiniciará, pero sin público. Que habrá que seguir saliendo a la calle con ese horrible dispositivo (¡ay!, tan necesario) que son las mascarillas; y el deseo espontáneo de acercarnos a otro ser humano lo tendremos que frenar.

Esa es la nueva normalidad que nos aguarda, en la que tenemos que ser conscientes de que el virus no lo hemos ni neutralizado ni vencido ni acorralado. Y en cualquier momento, si nos descuidamos, si los contagios vuelven a elevarse, los hospitales a saturarse o el número de muertos a incrementar, los gobiernos del mundo nos volverán a confinar. Remedio medieval que parece el más efectivo en la era de la tecnología.

A pesar de todo, no hay que dejarse llevar por la desilusión ni por la fantasía. Controlar una pandemia en el mundo global es una tarea que carece de precedentes. Repito: es la hora de liderar bien, de reconocer humildemente los fallos, si los hay, y de tomar en cuenta las lecciones aprendidas, que las hay. Y también es la hora de no dejarnos llevar por la tentación de creer que detrás de la pandemia global hay un maquiavelismo político. Es la hora, en fin, de mantener la cordura.

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