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Roberto Lerner,Columnista invitadoEliminar al adversario tiene raíces ancestrales. Negociar conflictos con leyes y arbitrajes, arrancarlos a la lógica de la fuerza bruta, es un logro enorme.

En nuestra región no vivimos en términos de identidades excluyentes e intenciones destructivas, que son las que ponen palestinos e israelíes en las mentes del otro lado. Muchos, si pudieran apretar un botón y listo, lo harían.

No pueden. Israel, por su naturaleza democrática. Hamas, según el trato a sus opositores palestinos, no por frenos internos, sino por la potencia militar de su adversario.

El debate es intenso en la sociedad israelí. No existe en el campo de Hamas, del Califato Islámico o la Siria de Assad, donde las únicas voces son las de los torturados.

Israel, felizmente, es poderoso. No porque los ancestros de sus ciudadanos habitaron guetos o sus abuelos fueron víctimas del Holocausto, sino por haber formado una nación exitosa, mucho más allá de lo militar.

¿Choca con otras identidades y relatos? Sí. ¿El poder es ejercido de maneras justas y morales? No siempre. ¿Ha hecho lo debido para que se concrete un Estado Palestino? No.

Hamas mostró su poder. Sabía lo que venía luego. Se puede discutir si fue excesivo, pero tiene que asumir beneficios –la mayoría de israelíes ve en el resultado un empate– y costos.

Naturalmente, en una democracia judía habrá comisiones investigadoras y preguntas duras. Ojalá asuma el riesgo de un Estado Palestino.

Y que los palestinos debatan con vigor, que definan su poder más allá del relato de vencidos –las naciones también se construyen con muertos, pero son los vivos quienes les dan sentido– y escojan, con lo que hay, ofrecer un futuro a su pueblo.

Hay escenarios alternativos a la guerra y al enorme dolor que produce, pero, aun en los violentos, el potencial de barbarie no está en Israel.