Un famoso crítico culinario extranjero nos dijo hace algunos años que la cocina peruana que tenía más posibilidades de desarrollo en el extranjero no era la criolla, sino esa deliciosa fusión peruano-japonesa que bautizamos como 'nikkei'.

Y tenía razón. Para comprobarlo, solo tenemos que decir que el mismísimo Ferran Adrià, considerado el mejor cocinero del mundo, tiene un restaurante nikkei en España.

Por eso, cuando llegamos a Santiago de Chile no nos sorprendimos cuando nos dijeron que el 'point' que la estaba rompiendo era Osaka, el restaurante nikkei comandado por Ciro Watanabe, un peruano de origen japonés. Y, la verdad, Osaka-Santiago nos gustó más que Osaka-Lima (y también hay Osaka-Argentina, un referente total de la cocina peruana en Buenos Aires).

¿Por qué? Porque el tiradito de salmón que sirve Watanabe es tan fresco que, en la boca, se derrite como una hostia. Porque las uñas de cangrego son tan dúctiles que van perfecto con una cerveza. Porque su pescado ahumado lleva paico y chincho, y porque, en lugares así, uno se siente más peruano.