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Los superhéroes de mi infancia no usaban antifaz ni vestían de capa, rojo y azul. Mis superhéroes tenían los pies en la tierra, la mirada noble y las manos en la masa. Jamás recurrían a la violencia ni mucho menos cargaban pistolas al cinto. Lo suyo era el ataque certero al corazón, claro que sí, pero no para matar, sino para alegrarnos la vida con pequeños detalles que el tiempo convertiría en grandes recuerdos. Don Lucho Rovegno era el héroe del pan baguette, las fugazzas de cebolla, el pastel hojaldrado de carne y, bueno, de la hija más linda del barrio. Don Paco no tenía batimóvil, pero sí una de las más surtidas baticuevas del mundo, la Bodega Madrid. Si uno no encontraba algo en toda la ciudad, seguro que Don Paco lo tenía. Al frente estaba su primo, siempre serio, siempre de blanco impecable, al mando de una carnicería a la que llamó Barcelona, seguro para darle la contra. Al lado Eugenia, la noble Eugenia y su quiosco de álbumes, de sobres de figuritas, de las revistas Billiken y El Gráfico, de los chistes de Tobi, Archie o La pequeña Lulú, de las revistas medio escondidas de calatas que ella, incorruptible, jamás nos quiso vender.

Unos metros más allá, estaba doña Rosa. La temible doña Rosa, cuyo castellano era tan malo como su humor. Pero, claro, los juguetes que lograba conseguir antes que nadie desde su natal China justificaban su temperamento con creces. También estaba Juancito y la mejor frutería del mundo; don Erasmo, que en aquel tiempo competía con doña Rosa por tener los mejores juguetes, sin saber que años más tarde se convertiría en E. Wong; y don Arturo, el sastre que achicaba o agrandaba los ternos y vestidos de la familia, menos los míos, con el argumento de que él no arreglaba imposibles. Muy rara vez cogíamos el auto y, si lo hacíamos, era para ir a tomar un helado a Palermo en el distrito vecino, para comprar chifita en el flamante establecimiento de la avenida Petit Thouars o para festejar con chupe de camarones al final de la avenida Dos de Mayo en el restaurante San Isidro, allí donde mi madre había fijado el límite de mis movimientos independientes. Todo, o casi todo, transcurría allí, a veces a pie, a veces en bici, a veces en auto, al lado de mis superhéroes en el barrio de mi infancia.

Un día, de pronto, todo empezó a cambiar. Un bombardeo sistemático de márketing por aire y tierra, en revistas, radio, periódicos y televisión, terminó por convencer al vecindario y a toda la ciudad de que mis superhéroes habían perdido todos sus encantos porque lo bello y anhelado estaba ahora en la gran cadena, en la marca que todos quieren usar por igual, en el gran supermercado que todo lo tiene, en el gran almacén que te evita caminar, bicicletear, dar vueltas, conversar, regatear y todas esas cosas que, según los nuevos cánones, ya no servían para nuestra felicidad. Y así fue como, poco a poco, nuestros superhéroes se fueron desvaneciendo. Su batalla parecía perdida para siempre.

Pero no. El tiempo pasa y, a veces con él, lo que uno menos esperaba vuelve, confirmando de alguna manera aquella teoría que dice que la vida es un círculo donde todo viene, se va, regresa, se va y vuelve otra vez. El hechizo se acabó, el mundo se conectó virtualmente y, de pronto, recordó. Somos individuos con gustos diversos, mágicos, y por ello nunca debimos abandonar el placer de acudir al refugio del héroe que trabaja con sus manos como nunca hará una máquina o una marca mil veces publicitada: con amor, conciencia, respeto y saber. Y es así como hoy vuelven a aparecer estos superhéroes maravillosos, instalando sus nuevas propuestas adaptadas a estos tiempos en donde uno no solo compra productos, sino historias y experiencias. Por ello, vuelven las sastrerías que, además, sirven café; carnicerías con miniparrilla al paso; queserías con bar de mozzarella; bodegas con sanguchitos; librerías con pisco bar; jugueterías con minicine; pescaderías con leche de tigre; fruterías con juguito y muchos conceptos más. Devolviéndoles la magia a los vecinos que, menos mal, ya no necesitan desplazarse largas distancias para encontrar la felicidad porque está a la vuelta de la esquina.

Esto, que ocurre en todo el mundo, ya está aquí, pero no todos han sabido aprovecharlo. Hoy, en todo el Perú, cientos de miles de jóvenes están llenos de sueños y con ganas de convertirse en fabricantes de historias y experiencias en las más inimaginables disciplinas. Y están dispuestos y preparados para montar pequeños negocios que alegren la vida de los vecindarios. Y millones de peruanos están dispuestos a recibirlos con los brazos abiertos, porque eso es lo que quieren para sus vidas. Pero hay un pequeño gran bache a superar. Las autoridades parecen no entender que esto implica iniciar algunos cambios con urgencia. El primero, una legislación que promueva el trabajo del pequeño negocio o actividad artesanal en todas las disciplinas, y así facilitar con leyes que entiendan que hoy el sastre, el carnicero y el juguetero, saben de salubridad, de branding, de márketing y de servicio al cliente más que nadie y que, por ello, jamás pondrían en riesgo una reputación que valoran como su patrimonio más importante. Lo segundo es revisar esa normativa que hoy muchos municipios han puesto en marcha que exige a los pequeños negocios tener estacionamientos propios, lo cual va en contra de las leyes que las ciudades más importantes del mundo vienen implementando. Pedir a un pequeño negocio que tenga estacionamientos propios no es solo cerrarle las puertas, es privar a la economía y las nuevas ideas del dinamismo que toda sociedad necesita para avanzar, y es fomentar la venida de más autos hacia el distrito cuando lo que se busca en todo el mundo es que la gente use más el transporte público y menos los autos particulares. Es cierto que nuestro transporte público es una calamidad, pero no se puede enfrentar un problema creando uno aun más grande, perdiendo una de las oportunidades más importantes que tenemos para generar bienestar, calidad de vida y oportunidades para todos en armonía.

Al final sucederá lo de siempre. Una autoridad, la más atrevida de todas se adelantará a sus pares. Implementará lo necesario para que este nuevo escenario florezca en su distrito antes que en ningún otro, los beneficios inobjetables generarán hacia ese político una gran popularidad, lo que llevará a que los demás intenten hacer lo mismo para no quedarse atrás y, finalmente, todos señalarán al pionero como el gran artífice, lo que lo convertirá en candidato de primera línea para dirigir la gran ciudad.

¿Quién será el primero que se anime? Por nuestros nuevos superhéroes, impacientes esperando su hora, ojalá que alguien se anime pronto.