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Son las dos de la mañana. Como de costumbre, han pasado 16 horas desde que inicié mi jornada diaria. Cansado pero contento, me echo en la cama y, mientras hago un repaso de lo vivido y lo que toca vivir al día siguiente, voy cayendo suavemente. Ya. Estoy dormido. De pronto, aparecen imágenes como si en realidad estuviera despierto. Esta vez todas son imágenes femeninas. Veo a mi madre, generosa, solidaria, digna, preocupada mañana, tarde y noche porque sus hijos sean felices y para que todo aquel que se cruce por su camino sea feliz. Veo a mi hermana Cecilia, la que nunca debió partir tan temprano. ¿Por qué? Si su vida consistía en levantarse cada mañana a ayudar a todo aquel que lo necesitara. Nunca lo entenderé. A su lado, veo a mis tres hermanas mayores con la frente en alto, pero no por soberbia. Todo lo contrario: por haber llevado una vida digna, en donde el amor por los suyos solo es superado por el respeto que en cada palabra o acción tienen hacia los demás sin importar condición ni opción. Veo a mi esposa, enamorada infatigable del Perú, recorriéndolo y viviéndolo con la pasión que la caracteriza, y veo a mis hijas, llenas de nobles sentimientos y, sobre todo, llenas de sueños, preparándose con vehemencia y dedicación para hacerlos realidad. Pero veo muchas mujeres más. Veo a miles de nobles mujeres trabajando en sus comedores populares con honradez y perseverancia, llevando cada día alegría y esperanza a cientos de miles de compatriotas. Veo a mis queridas y admiradas mujeres picanteras de Arequipa. Fuertes, orgullosas y más unidas que nunca en torno a un sueño: dignificar su trabajo, honrar la memoria de los suyos, representar a su Arequipa querida con orgullo y ponerla, a través de sus platos, en la vitrina del mundo. Veo a Teresita Izquierdo recordándonos que el éxito no existe si no se comparte. Y a su lado a María Elena Moyano, defendiendo con su vida la paz que hoy gozamos. Y allí están, serenas, erguidas, María Parado de Bellido y Micaela Bastidas, gritando entre las balas "¡viva la libertad!". Veo también a Chabuca junto a Blanca Varela, Tilsa Tsuchiya y Doris Gibson, mostrando lo mejor de sus artes y pasiones, mientras que, con su ejemplo de vida, alientan a miles de mujeres a nunca dejarse doblegar por nadie. Pero veo también a las mujeres de hoy. Las que día tras día nos dan claras señales de que, en este Perú de sueños y batallas, de oportunidades y contradicciones, es la mujer peruana la que lleva por delante la gran fuerza moral que nos sostiene como nación. Por ello, no me sorprende ver allí al fondo, dialogando con vehemencia, pero con sumo respeto, a mujeres que creen y defienden ideas distintas, sin permitir que estas se interpongan en un diálogo en el que puedo ver claramente que por, encima de todo, está el Perú. Veo allí a Inés Temple discutiendo apasionadamente sobre márketing político junto a Marisa Glave, Pilar Nores, Marisol Pérez Tello y otras destacadas políticas peruanas de todas las tiendas partidarias. Veo a Claudia Llosa, Chiara Macchiavello y Susana Baca hablando de arte y periodismo junto a Juliana Oxenford, Patricia del Río, Rosa María Palacios, Mónica Delta y muchas, muchas más periodistas talentosas y principistas que defienden y buscan la verdad día tras día. Veo a Meche Aráoz y Verónica Zavala hablando de economía, cultura y educación al lado de Ilse Wisotzki, Isabel Álvarez, Martha Mifflin y Vania Masías. Veo a destacadas empresarias como Carmen Rosa Graham, Mariela García y Janine Belmont compartiendo tiempo y conocimientos con miles de pequeñas empresarias llenas de sueños y fe en su país y su futuro. Y, entre todas ellas, veo a alguien que conduce y articula todos estos talentos y energías con sabiduría, tolerancia, inteligencia y, sobre todo, respeto, mucho respeto. No alcanzo a distinguir quién es, pero sin duda se asemeja a la figura de la lideresa de este gran encuentro de mujeres honorables del Perú reunidas para construir juntas el futuro del Perú. Experiencia, honorabilidad, preparación, tolerancia, respeto general, independencia. Alguien me dice al oído un nombre, pero no alcanzo a escucharlo con claridad. ¿Me puedes repetir quién es?, digo desesperado, justo cuando la alarma interrumpe todo. Son las siete de la mañana. Un nuevo día. ME LEVANTO SIN SABER QUIÉN ERA EL PERSONAJE. Dieciséis horas me esperan para mi siguiente sueño. Pero, claro, los sueños casi nunca continúan la misma historia. Son sueños.