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Existe en el Perú de hoy un enorme, poderoso y silencioso ejército. Desde hace ya largos años, este ejército está en todos los rincones de la patria, batallando a diario contra los grandes enemigos: la desnutrición, la violencia y la falta de oportunidades.

Un ejército que empezó a gestarse a finales de los años setenta en las zonas más pobres del Perú, que en los ochenta y comienzos de los noventa, libró dura batalla a un Sendero Luminoso que veía en él y su capacidad organizativa y colaborativa a un arma poderosa para sus siniestros objetivos. Un ejército de paz y de esperanza que hoy cuenta con más de doscientas mil militantes activas, todas mujeres, madres heroicas del Perú: el ejército de los comedores populares.

En cada uno de los 15,000 comedores populares que encontramos en el país, cientos de miles de madres peruanas se organizan cada mañana para librar tenaz batalla contra la adversidad que les tocó vivir. Contra la frustración de no poder darles a sus hijos todo aquello que ellas soñaron darles algún día. Ante ello, la voluntad de cambiar su destino se agita y pasan a la acción, organizándose de manera que puedan ganar tiempo para trabajar mientras otras cocinan para ellas, los suyos y aquellos que lo necesiten, cuidándose y protegiéndose cuando surgen casos de violencia familiar, aconsejándose, compartiendo y dándose aliento ante sus adversidades y saliendo al frente para llevar tranquilidad y orden cuando surgen desastres naturales o el caos.

Hay que decirlo con claridad. Ninguna de ellas quisiera ser parte de este ejército ni quisiera estar librando sus batallas. Ninguna soñó con un día formar un comedor popular. Están allí porque lo necesitan urgentemente. Y, por ello, por la necesidad evidente de su causa, es que siempre el poder se ha acercado con promesas. Promesas que casi nunca se cumplieron como se prometieron. Por ello, muchos de los comedores no cuentan con servicios básicos ni con el equipamiento e infraestructura necesarios para librar su batalla a cabalidad.

Por eso, por lo que significan para el Perú, pero, sobre todo, por ser un acto de justicia, todos los peruanos que, a diferencia de ellas, hemos tenido oportunidades para crecer saludablemente, para vivir en paz, para hacer nuestros sueños realidad, para gozar de tiempo libre y de amor entre los que queremos, para darles a nuestros hijos todo lo que ellos sueñan para sus vidas, tenemos que empezar a saldar la deuda histórica con este noble ejército.

Imagino un comedor popular que va dando paso a un nuevo modelo en el que muchas cosas buenas puedan suceder cada día. Que abarque todos los frentes de batalla que el Perú libra:

Desnutrición, inseguridad, violencia familiar, falta de oportunidades, acceso a la formación técnica, a la cultura y, por qué no, al ocio.

El comedor popular en algunos territorios del Perú ya fue evolucionando hacia una suerte de comedor público en donde las madres dan de comer no solo a las madres asociadas y sus familiares y a personas muy necesitadas, sino también a taxistas, trabajadores de construcción civil y comensales en general que ven en su oferta ya no solo algo asistencial, sino algo delicioso, saludable y de excelente relación calidad-precio.

Imagino, por ello, un nuevo espacio que deja atrás el comedor popular para convertirse en una suerte de comedor-club social en el que se cuenten con muchos servicios en muchísimos frentes, donde se sirvan desayunos y almuerzos los siete días de la semana a precios populares, con menús basados en los productos de su entorno y en las recetas de este Perú multicultural y megadiverso. Con insumos comprados a personas de su localidad, en huertos familiares, asociaciones de productores locales tanto agrícolas, pesqueros y artesanos. Menús que cuenten con la asesoría permanente de un estudiante de Gastronomía de último año que deba cumplir su aporte comunitario al final de su carrera (nuestra universidad, en alianza con la Universidad Católica, así lo exigirá para poder graduarse), de manera que el comedor tenga una transferencia estable de conocimiento para hacer cada día menús deliciosos, económicos, pero, sobre todo, nutritivos en un país en el que, aunque la desnutrición infantil disminuye, los niveles de anemia aumentan peligrosamente. Imagino el espacio con unas cocinas equipadas con lo último, que por la tarde se convierten en espacios de formación técnica en diversas áreas que van desde la panadería, charcutería, pastelería hasta la horticultura, mientras sus salones son ocupados para otros talleres de formación técnica en servicio al cliente, márketing, gestión emprendedora y mucho más. Imagino al lado una pequeña biblioteca física y virtual, de manera que todos tengan acceso gratuito a Internet, y así a todo el conocimiento que hoy podemos adquirir libremente navegando. Además, un pequeño espacio de asistencia legal, en donde uno de los miles de alumnos de último año de Derecho en nuestras universidades realiza su trabajo comunitario, asesorando a todo aquel que sienta que sus derechos han sido vulnerados, a todo aquel que viva algún caso de violencia familiar y a todo aquel que sienta que su opción minoritaria es motivo de discriminación.

Al lado imagino un espacio de guardería para que todas las madres que están vinculadas al comedor puedan tener a sus hijos bien cuidados y, sobre todo, jugando sin peligro. Finalmente, por las noches, el comedor, convertido en club social, daría paso a actividades culturales de todo tipo. Clases de baile, de arte, poesía, teatro, cine, conciertos y todo aquello que para los que hemos tenido suerte en la vida es algo común, algo que disfrutamos y vivimos con alegría a diario.

Es por ello, porque todos tienen el mismo derecho que nosotros a vivir esas experiencias, que debemos intentar hacer lo que haga falta, estemos donde estemos, para que esto suceda. Gracias a un importante grupo de voluntades, desde el sector privado hemos ya iniciado el camino para crear un primer modelo de este nuevo comedor-club social. En unos meses estará listo para inaugurarlo y celebrar, junto a las madres que lo lideran, lo que quizá sea el primer paso para dejar atrás aquello que con tanto esfuerzo batallaron por superar. Pero, sobre todo, con la ilusión de iniciar un camino, que inspire al Estado y sobre todo al nuevo gobierno, para continuar y hacer realidad el gran objetivo: lograr que un día el comedor popular sea solo un ejemplar recuerdo, porque en nuestra patria ya nadie necesitará acudir al auxilio de un comedor popular. Mientras ese día llega, acudamos todos a felicitar, agradecer y alentar al ejército de las madres del comedor popular. Tres hurras por ellas para siempre.