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Tiempo de Garecas

Ricardo Gareca

(Getty Images)

Tiempo de Garecas. (Getty Images)

Getty Images

Jaime Chincha
Jaime Chincha

La selección de Gareca y Oblitas nos ha cambiado para siempre. Algo mágico ha pasado con la palabra patria. Algo que trasciende el fútbol y que se instala en lo cotidiano. Lo que la gastronomía de Acurio sembró hace una década –identidad– la selección lo cosecha a niveles irrecordables de orgullo y dignidad.

La política, más bien, merodea las antípodas de esta nueva corriente. Su legado es la miasma en la palabra patria, con la excepción de unos pocos Paniaguas. Corrupción, una incapacidad monstruosa para planificar el futuro y una larga cola –como las de mi niñez– de un desacierto tras otro. Y el peruano de a pie, ay, siguió sufriendo.

Por eso es que el grito de gol, desahogado ante Australia, ha sido un parteaguas entre nosotros mismos: 36 años en los que perdimos con apagones, inflación, bombazos, genocidios, autoritarismo, el secuestro del Estado, reelecciones, vladivideos, coimas y ese desánimo que nos goleó con el arco desguarnecido de autoestima. La cara de derrota y la patria matemáticamente eliminada en apogeo.

Gareca, Oblitas y los guerreros nos han enseñado que las cosas se logran sin chancar a ninguno de los tuyos, con un plan bajo el brazo –pensá– y abrazando un objetivo común. Eso era una utopía hace unos años. La camiseta puesta era motivo de burla. El himno lo cantábamos oprimidos, largo tiempo, sintiéndonos más ominosos que peruanos.

Los políticos pudieron sobrevivir gracias a este río revuelto, pero hoy no son los grandes pescadores. Este peruano nuevo ya les ve el fustán de la división, el encono y la mediocridad en sus discursos. Este peruano nuevo quiere Garecas en la cédula de votación. Y si el reparto de Keikos, Guzmanes, Alfreditos y Verónikas no entiende este nuevo discurso, serán los Burgas que el bicentenario y Qatar sepultarán.

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