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La izquierda peruana intentó fallidamente de todo, desde la lucha armada –justificada intelectualmente por columnistas que hoy pasan piola– hasta el atajo del outsider militar. Aunque suene contraintuitivo, creo que la izquierda peruana pasa hoy un mejor momento: ganar abrumadoramente una reelección regional es histórico. No se trata, claro, de esa izquierda intelectualoide, de cafetín, que no avanza una reflexión sin mencionar a Paniagua, sino de su versión genuinamente popular, campesina, de base y radical. Es esta última la de mayor futuro político si deja detrás la utópica "unidad".

La izquierda capitaliza las luchas sociales y hoy las condiciones del centralismo estructural permiten el éxito de quien defiende a las "periferias". Así se incrementan las posibilidades de surgimiento de una izquierda "desde abajo", donde hay más en juego –en términos materiales y simbólicos– y donde existen más recursos partidarios –magisterio y rondas campesinas. El arrastre electoral del MAS en Cajamarca no se explica solo por el personalismo de Santos. Esta opción ganó también cuatro alcaldías provinciales cajamarquinas y quedó segunda en dos piuranas. Estamos frente a un proyecto que se ha fortalecido, como muestran los comicios, y que se perfila más allá de una región.

Dar el salto nacional es complicado dado el centralismo, pero las recientes elecciones confirman que el anti-limeñismo es suficiente para echar a rodar un motor zurdo desde el "interior" (Tierra y Libertad ganó otras dos alcaldías provinciales en Cusco). Su éxito nacional pende de hacer creíble una representación transregional: manteniendo el antagonismo centro-periferia y relativizando una utópica "unidad" con la (perdedora) izquierda limeña.