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Ariel Segal,Opina.21 Arielsegal@hotmail.com

Filipinas es un país con una larga historia de azotes de la naturaleza y convulsiones políticas. Es un archipiélago en el Pacífico con más de 7000 islas, lo cual hace sumamente complicado gobernar y tener acceso a sus 90 millones de habitantes, amén de ser sumamente heterogéneo en grupos étnicos, culturales y religiosos (incluso hay una región autónoma musulmana llamada Isla de Mindanao).

Es complejo para los líderes filipinos ayudar a las víctimas e indigentes del tifón Hayián en un archipiélago tan grande y con problemas de comunicación entre las islas. Es por eso que la ayuda internacional era imprescindible y no habían excusas para su tardanza, pero también son muy acertadas las recientes palabras del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, al calificar este tifón como una advertencia al mundo entero sobre los efectos del cambio climático, que la mayoría de las naciones industrializadas no terminan de aceptar como el problema global a mediano o largo plazo y que deja a la humanidad bajo una espada de Damocles.

Se entiende que muchos gobiernos en su lucha por mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos defiendan sus intereses nacionales (y partidarios) más que los del planeta y que algunos se aferren a científicos que aducen que la mayoría de los cambios que estamos presenciando en la naturaleza (deshielo de glaciares, calentamiento global, etc.), son consecuencia de etapas cíclicas que ocurren en el planeta. Pero aun si fuera el caso –teoría muy cuestionada por la mayoría de la comunidad científica internacional–, nunca está de más lo que pueda contribuir el ser humano para reducir la contaminación, proteger la capa de ozono y tantos otros problemas que, sin dudas, son agravados por nosotros, los tripulantes de La Tierra.