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La feria de Madrid

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Jaime Bayly
Jaime Bayly

Mi esposa, nuestra hija y yo nos encontrábamos en la tercera fila del avión que en pocos minutos despegaría rumbo a Madrid, la primera visita de nuestra hija a esa ciudad. Parecía que, rompiendo una larga tradición de impuntualidad de la aerolínea, despegaríamos a tiempo, cuatro de la tarde hora de Miami. Nuestra hija estaba levemente irritada, tal vez porque se había levantado muy temprano, ilusionada por el viaje.

De pronto, una mujer de mediana edad, que viajaba sola, sentada en la fila cinco, se puso de pie, no alcanzó a correr al baño y evacuó un vómito tremendo, masivo, de varias ráfagas estrepitosas, como un volcán enfermo en erupción, expulsando una lava blancuzca y apestosa que acabó bañando a dos pasajeros, un hombre y una mujer, quienes viajaban en la fila inmediatamente posterior a la que yo ocupaba. Tuve suerte de que la mujer no me manchase con su vómito repentino. Los dos pasajeros quedaron absolutamente cubiertos por esa sustancia hedionda, surgida de la cavidad estomacal de la señora descompuesta. Fue un momento horrible, verdaderamente inmundo, el peor que me había tocado vivir en muchos años de viajero infatigable.

De inmediato, un olor repugnante invadió la cabina. La mujer corrió al baño. Los pasajeros cubiertos de vómito se pusieron de pie y rogaron ayuda a los tripulantes, pues así no podían viajar a Madrid. La crisis resultó tan espantosa que el piloto decidió volver a la puerta de embarque. La mujer enferma no quiso ya viajar, para alivio de todos. Los pasajeros manchados, apestando, pidieron que bajasen sus maletas para poder ducharse en el salón ejecutivo y vestir ropas limpias. Era, por supuesto, lo razonable. Pero, además, había que limpiar la cabina, que había quedado sucia y apestando.

Debido a ello, el capitán pidió que bajásemos del avión. Apestaba tanto que bajamos aliviados, a toda prisa, escapando de aquella inmundicia. Sentados en la puerta de embarque, no pocos pasajeros se quejaron de que con esa aerolínea siempre ocurría algo malo que le impedía salir puntualmente.

Menos mal que no vomitó diez minutos después, ya en el aire, dije. Pero algunos dijeron que hubiese sido mejor que la mujer se descompusiera a mitad del vuelo, así no teníamos que abortar el despegue. No se ponen en los zapatos de los pasajeros cubiertos de vómito, pensé. ¿Alguien podría soportar varias horas, cubierto por el líquido estomacal hediondo de una pasajera? Imposible. Humanamente imposible. Cuando, dos horas después, regresamos al avión, ya la cabina no apestaba, y los pasajeros manchados se habían cambiado de atuendo, pobres, qué pesadilla habían vivido. Poco después, el avión moviéndose hacia la posición de despegue, el capitán anunció que debíamos volver a la puerta de embarque, porque una goma del avión se había desinflado. Un murmullo de protesta recorrió el avión. No puede ser, qué mala suerte, primero el vómito, ahora se desinfla una goma, decía la gente, indignada. Nuestra hija, exhausta, rompió a llorar. Le dije que viajar en aviones era una educación en la paciencia y la humildad, que tan pronto como entregabas tus maletas y te daban tu pase de abordar te convertías en un rehén, que debíamos ser fuertes y resistir. Ahora estábamos bajando nuevamente del avión, sin saber cuánto tiempo más demorarían. En muchos años de viajero indesmayable, nunca me había ocurrido que se bajase la llanta del avión. Tardaron tres horas en cambiarla. Cuando regresamos a nuestros asientos, llevábamos cinco horas de retraso. Por suerte, apenas despegamos nuestra hija se durmió y recién despertó cuando faltaban pocos minutos para aterrizar. Lo peor había pasado. Lo mejor estaba por venir.En efecto, muchas cosas buenas nos aguardaban en Madrid. El clima estaba soleado y, a la vez, fresco, delicioso. En el hotel Wellington, mi preferido en Madrid, nos dieron una suite espectacular. Dormimos unas horas. Luego bajamos a la piscina y nos dimos un chapuzón. Nuestros cuerpos habían llegado a Madrid. Nuestros espíritus llegaron al día siguiente, domingo, cuando fuimos a pasear al Retiro. Una gitana se acercó y me leyó el futuro, contrariando a mi esposa, que no quería penetrar en el porvenir, pues le daba miedo. La señora me dijo que veía larga vida, mucha fortuna y envidia en mi familia. Nuestra hija quedó deslumbrada por la belleza del parque. Caminamos hasta el Rosedal. Le enseñé la banca donde me sentaba a leer las cartas manuscritas de mi madre, cuando vivía en Madrid, en un apartamento en la avenida del Mediterráneo.

Dormíamos a las cuatro de la mañana hora de Madrid y despertábamos hacia la una de la tarde. Enseguida subíamos al club del piso siete y era un festín de jugos, sanguchitos y cafés. A continuación, bajábamos a la piscina y nos tendíamos perezosamente en las camas balinesas a la sombra. El agua de la piscina estaba helada, lo que disuadió a mi esposa de meterse en ella. Pero nuestra hija y yo entramos de a pocos y fue un gran placer. Luego saltábamos al jacuzzi. Entretanto, el camarero llevaba cervezas a mi esposa y me traía jugos de naranja: soy una máquina de tomar jugos de naranja, siempre me cabe uno más.

Solo tuve tres compromisos importantes: el martes, el jueves y el sábado debía firmar ejemplares en la feria del libro, en el parque del Retiro. Yo había anunciado el evento del sábado en mi programa, que se ve mucho por YouTube. En promedio, unas trescientas mil personas lo ven globalmente en esa plataforma. Por eso, presentía que el sábado iría mucha gente a mi firma de libros. No había anunciado, salvo por Facebook, las firmas del martes y el jueves. Sin embargo, esos primeros días mucha gente se acercó y no paré de firmar un libro tras otro por espacio de tres horas. Lo que más demoraba no era la firma, sino la foto, o las fotos, porque, como se sabe, la primera foto nunca sale bien.

La firma del sábado, que había anunciado en la televisión, fue muy concurrida. Acudieron más de mil personas. Era una multitud pocas veces vista en la feria, así me lo dijeron personas de la editorial y mi agente literaria, que vino desde Barcelona. La fila era tan larga que causaba asombro. Estuve firmando desde las seis de la tarde hasta las once de la noche, cinco horas intensas, extenuantes, sin darme un respiro. Firmé centenares de libros. Se agotaron todos los ejemplares de mi reciente novela y, poco después, todos mis títulos, todos. Lo más impresionante fue escuchar a lectores que decían haber tomado un avión desde Oslo, desde Berlín, desde Londres, desde Ámsterdam, desde Lisboa, solo para hacer esa larguísima fila, esperar dos o tres horas y compartir un momento fugaz conmigo. Recibí aquella tarde tantos regalos que las chicas de la editorial tuvieron que llevarlos en taxi al hotel, en grandes bolsos: me obsequiaron chocolates alemanes, belgas, suizos; libros publicados o por publicar; camisetas con lemas políticos; sombreros y gorras; dibujos, pinturas y caricaturas de mi hija, de mi perrito, de mí mismo; llaveros, banderas, poemas, abanicos; no digamos decenas de cartas manuscritas, diciéndome las cosas más amables o más chifladas. En verdad, el cariño del público en Madrid me abrumó y dejó profundamente agradecido.

De camino al aeropuerto de Barajas, mi familia y yo apostamos si el vuelo saldría puntualmente o no. Yo gané la apuesta. El vuelo despegó con apenas diez minutos de retraso. Los tres dormimos ocho horas corridas porque no habíamos descansado nada en el hotel y habíamos elegido subir exhaustos al avión para así dormir el vuelo entero. El plan funcionó. Llegamos felices a Miami. Nuestra isla de Key Biscayne volvió a parecernos el paraíso. Yo me prometí que volvería a España el próximo año: a Barcelona el día del libro y a Madrid para la feria del Retiro.

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