(Foto: Congreso)
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Los españoles le llamaron Felipe. Fue el traductor que reclutaron para negociar con los caciques locales la conquista del Perú. Era de la nación Tallán, que prosperaba en el norte del Perú. Los tallanes habían sido dominados por el imperio chimú y, después, por el imperio inca. Así que por allí debió aprender el quechua. Luego, el español debió aprenderlo en las tertulias con los soldados. Lo cierto fue que Felipe hizo lo que quiso.

Las crónicas cuentan que tradujo mal a Atahualpa para enfurecer a sus captores y facilitar su ejecución. Esa debía ser, a su modo, la revancha de los tallanes contra los quechuas. Sin embargo, también cuentan las crónicas, no hubo tal proyecto político. El asunto era más terrenal: quería a una de las concubinas del inca.

Años después Almagro lo mandaría matar por liderar una revuelta de nativos. Tampoco se trataba de un arranque emancipador, solo quería robar el oro que la expedición había conseguido. Con el tiempo le llamaron Felipillo con desprecio y fue sinónimo de traición.

El choque entre el imperio inca y la España del siglo XVI, que daría lugar al Perú, está lleno de hazañas que nos llenan de orgullo. Pero entre tanta epopeya pasan desapercibidos los Felipillos. Como una marca vergonzosa, desde nuestro nacimiento como nación, nos acompañan estos personajes oscuros que intermedian el poder y lo influyen. No tienen un interés político, sino afanes personales, un amor prohibido o un poco de dinero.

En las crisis políticas de este año nos han sobrado los Felipillos. Ejemplos: tomar el Congreso para conseguir licencias para operar universidades que la ley y el sentido común niegan; o salir de congresistas para conseguir inmunidades que eviten prisiones por crímenes de corrupción; o rechazar plantas de oxígeno porque las regalaban las empresas capitalistas; o aprovechar las injusticias laborales para regresar a la violencia de cerrar carreteras y, mire usted, quemar ambulancias; o no reconocer la incapacidad de comprar vacunas; y paremos de contar.

Lo más duro de este año difícil es habernos dado cuenta de que 500 años después seguimos sin entendernos. Los Felipillos siguen interfiriendo en la política, traducen lo que quieren, jalan agua para los molinos de sus instintos y sabotean cualquier entendimiento.

Para reconstruir nuestra sociedad necesitamos con urgencia debatir para llegar a acuerdos sobre políticas públicas. Para eso hace falta negociar directamente. Sobran los Felipillos; sin ellos nos entenderemos mejor. Ya mismo, porque hemos pagado mucha muerte y dolor.

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