Martín Vizcarra prefirió no ahondar en sus declaraciones sobre Toledo para que no se interprete como una intromisión política. (Foto: GEC)
Martín Vizcarra prefirió no ahondar en sus declaraciones sobre Toledo para que no se interprete como una intromisión política. (Foto: GEC)

En los últimos días, millones de personas han compartido en sus redes sociales su fotografía actual y otra editada a través de FaceApp, un aplicativo que “envejece” la imagen. Más allá de los riesgos relativos a la cesión de datos de diverso tipo a terceros, el filtro se ha reproducido por su carácter lúdico. Pero no tan divertido sería el “futuro”, si pudiésemos proyectar por esta app la imagen de nuestras instituciones políticas actuales.

El rostro institucional peruano ya luce ajado. Lleva a cuestas serios eventos traumáticos: el colapso de su embrionario sistema de partidos en los noventa, el autoritarismo antipolítico que lo reemplazó, y un trastorno moral develado en la corrupción generalizada durante el periodo de mayor crecimiento y estabilidad democrática. Cualquiera diría que esta ya es fascia de mortaja y que la cirugía procurada por el presidente Martín Vizcarra no amortigua el desgaste.

Pese a contar con todos los elementos para transformaciones estructurales –popularidad, referéndum, oposición disminuida, apoyo de la prensa, de la opinología progresista, de la cooperación internacional, de sus “notables”, etc.–, Vizcarra aplicó el filtro más nocivo: la prohibición de la reelección parlamentaria. Esta proscripción, insistiré sin cansancio, es el daño más grave que se ha hecho a la política peruana. Es como esos casos del paciente que va por un lifting y termina en coma. Es indignante e inaceptable que se haga, además, portando la bandera del reformismo. Añádase a ello la oportunidad perdida del retorno a la bicameralidad y todos los cambios resultan estéticos. Es más, la tan criticada contra-mini-reforma del Legislativo palidece en comparación con los perjuicios estructurales derivados del bisturí presidencial: una Junta Nacional de Justicia que no funciona y la prohibición de reelección congresal.

Si aplicamos el FaceApp a nuestras instituciones políticas, nos arrojaría un panorama grotesco: la desaparición de la clase política, la pululación de vehículos electorales, procesos electorales desconectados de la gente… Una política irrelevante. No obstante, es posible enmendar el rumbo si el Congreso, a pesar de su impopularidad, busca la legitimidad de la razón (y no del aplauso): poner en el debate actual el retorno a la bicameralidad (discutiendo nuevos distritos electorales) y restablecer la reelección en la mayor cantidad de posiciones elegidas. Sería lo más responsable a pesar de cuestionar los resultados de la consulta del año pasado que, como queda evidente, fue tergiversada y empleada como plebiscito presidencial.

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