(Renzo Salazar/Perú21)
(Renzo Salazar/Perú21)

La imagen de la ministra de Educación, Marilú Martens, primero hablando en el Congreso para cuatro gatos y luego siendo maltratada era muy elocuente. Mas el maltrato y la injuria calumniosa y con techos de vidrio eran esperables.

Lo único consistente en la conducta del fujimorismo son el dolo, la zafiedad y la incompetencia, todo en medio de la más ostentosa sinvergüencería y desprecio por la posición ajena, amparados (¿aún?) en sus números. Las lamentables explicaciones del presidente del Congreso, Luis Galarreta, de por qué a las 9 a.m. había 20 congresistas de 130 para escuchar a la ministra citada a esa hora, confirman esto último. Más bien, Galarreta dejó a un solitario Mauricio Mulder presidiendo la interpelación y se fue a reunir quienes impulsen la salida de la ministra. El fujimorismo no tiene reparo en aliarse con quien sea para pegarle al gobierno: con Movadef, con “Sendero Verde” (De Soto dixit) o con los fanáticos ultra de #ConMisHijosNoTeMetas.

Pero ni eso ni la inacción del Ejecutivo ante el manazo artero sorprenden. Sí, en cambio, que solo tres congresistas de 17 de la bancada de PPK estuvieran al lado de Martens: aun si un día el Ejecutivo abre la puerta del gabinete e invita a los que no están en su Facebook, nadie va a querer ir. PPK y su bancada te abandonan cuando las papas queman para que el Congreso te insulte y maltrate como le da la gana.

Sobre el irrespeto, la vulgar demostración de poder: cambiar de nombre a la sala Gustavo Mohme sin explicación alguna. Kenji lo llama gesto antidemocrático. El TC ya dijo que no cambiará su fallo, pronto se podrán partir las bancadas y formarse nuevas bancadas y grupos parlamentarios. La única explicación que encuentro a la pasividad enervante del Ejecutivo es que algo espera conseguir de esto último. Pero es tan difícil creer.

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