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El terrorismo senderista de los años 80 y comienzos de los 90 del siglo pasado fue derrotado política y militarmente. Después de la captura de Abimael Guzmán en setiembre de 1992, y su rendición en el llamado 'Acuerdo de Paz' en octubre de 1993, se inició su fragmentación y, lo más importante, se debilitó hasta el extremo su voluntad de conquistar el poder mediante las armas. El grupo que se mantiene encubierto en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem) se trata, en realidad, de los que subsisten fagocitando al narcotráfico de la zona. Los propios senderistas los califican como simples mercenarios.

Han pasado ya 35 años desde el inicio de su aventura de querer endiosar el maoísmo tardío de la revolución cultural china.

En sus sueños y onda retro, pensaron que "los seguidores del camino capitalista" liderados por Deng Xiaoping iban a ser derrotados. Y peor les fue a sus minúsculos aliados en el mundo: dejaron las armas en Nepal y se presentaron a las elecciones; en la India, languidecen conforme crece su economía; y los maoístas kurdos ahora luchan contra el Estado Islámico. Su "guerra popular mundial" fue un sueño de opio.

Con el documento Elecciones NO, Guerra Popular SÍ (1980) escogieron el camino de las armas y el terrorismo. Ese senderismo ya no existe. Junto con mineros ilegales, etnocaceristas y ultrambientalistas, ahora persisten en conseguir un espacio electoral.

No hay que bajar la guardia, pero no hacer pachotadas como intentar prohibir una exposición pictórica o acusar de apología a una obra teatral como La cautiva. El reto está planteado para los demócratas.

¿Cuáles políticas económicas alternativas, basadas en el "pensamiento Gonzalo", propondrá el señor Manuel Fajardo? ¿O por qué no viaja al Vraem a "desenmascarar" a sus antiguos colegas –hoy, mercenarios– apoyando a nuestras Fuerzas Armadas y la lucha contra el narcotráfico? No la tendrán fácil.