La dura de la familia se había rendido, pero no sabía cómo decirle a mamá que la necesitaba,
La dura de la familia se había rendido, pero no sabía cómo decirle a mamá que la necesitaba,

No soy de dar abrazos. Me cuesta mucho, y no sé cuándo empezó esto, quizás cuando se murió mi tía y yo tenía 19 años y sentí que me habían cortado los brazos. He abrazado con todo el alma y el corazón a mis parejas, en su momento, en los buenos y en los malos. Y algo que siempre me cuestioné fue por qué no podía abrazar a mi madre, a pesar de quererla tanto.

En los últimos dos años tuve la necesidad de hacerlo, pero me frené por esa terquedad de poner siempre una pared entre las dos, lo cual no me impedía hablar y reír con ella. Pero ese abrazo no podía darlo. Y llegó el , y el encierro.

En estos meses pasaron más cosas que en aquellos días de normalidad, al menos para mí. Por suerte, mi familia se mantiene sana, al igual que mis mejores amigos, pero he visto a muchos desaparecer o despedirse de sus seres queridos, y el miedo no ha estado al margen.

En este tiempo sentí que abracé a las personas equivocadas, y a otras que siempre están a mi lado. Pero no a mamá. Y le decía a un conocido, casi de manera casual, algo que me salió del fondo: “Tus amigos se pueden cansar de escuchar tus dramas, pero tu mamá jamás”.

Me he ido acercando a ella con la delicadeza de un gato –ella no gusta de los gatos; sin embargo, entendió que yo los amo–, sin saber qué hacer o cómo empezar. Un día ella llegó a mi departamento, con su mascarilla y su alcohol, a dejarme no sé qué cosa. Y me miró a la cara, y supo que yo había estado llorando, y lo negué, en esa postura absurda de la dura de la familia, la que trabaja, la que resuelve sus líos sola, la que nunca da molestias.

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La dura de la familia se había rendido, pero no sabía cómo decirle a mamá que la necesitaba, que había pasado infinitas crisis, aunque nunca como esta.

La llamé por WhatsApp y sin filtro le dije lo que quizás ella intuía: yo no era dura; al contrario, quizás soy la más hipersensible de la casa. Luego la vi por mi cumpleaños y la abracé con precaución aunque quería abrazarla más, y quedarme en su pecho, y decirle que me perdone por tanta frialdad, que la necesitaba como cuando era niña, que hoy más que nunca, para empezar por enésima vez, demandaba abrazarla.

Y resulta que no se puede. Que para darle muchos abrazos hoy debo cuidarla, y solo mirarla, y llamarla por teléfono y decirle lo que siento. Ella me sostiene con sus palabras, resulta que la fuerte era ella.

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