La espina de pescado

La corrupción generalizada exige ser cautos con las conclusiones. Las decisiones deben basarse en razones y no en pura euforia mediática.

Corrupción

Corrupción golpeó al país. (GEC)

La espina de pescado. (GEC)

Perú21

Alfredo Bullard
Alfredo Bullard

Hay palabras que pueden envenenar el razonamiento y conducirlo a justificar cualquier estupidez sin necesidad de pensar e informarse.

Una es la palabra “corrupción”. No es para menos. Bombardeados por izquierda y derecha con un mal de dimensiones, paradójicamente, conocidas e inimaginables, es fácil sesgarse y asumir que todo lo que se mueve está corrupto.

Un ejemplo: escuchar a Gustavo Gorriti (y al IDL) decir que, dado que en todos los arbitrajes con Odebrecht el Estado perdió el 80%, significa que es obvio que existe corrupción. Ese rollo es repetido por los fiscales sin mayor reflexión y seguido (de manera muy ligera) por la prensa (incluido este mismo diario).

Pensemos un poco. Si vemos estadística del resto del mundo, dependiendo del país y el tipo de arbitraje, el demandante gana entre el 65% y 85% de los casos. Es lógico. El demandante es el que inicia el arbitraje y hace su inversión porque no le pagan. Si lo hace es porque ve una posibilidad de éxito. Por tanto, no es extraño que gane la mayoría de las veces.

Pero ganar no significa ganar todo. Una demanda por 100 y puede recibir solo 20. Ganó, pero no todo. En montos, la estadística mundial es muy dispersa, pero aproximadamente se cobra alrededor del 50% de los montos demandados.

En el informe “El arbitraje en las contrataciones públicas durante el periodo 2003-2013” elaborado por la Contraloría General de la República del Perú, el Estado pierde en arbitraje el 70% de los casos, gana totalmente en el 27% y solo el 3% acaba en acuerdo conciliatorio o transacción. Los montos que se ordenó pagar en 10 años fueron el 50% del monto demandado. Los porcentajes son muy similares al estándar mundial.

¿Significa ello que no hubo corrupción? Por supuesto que no. Tal conclusión sería tan poco sesuda como la que concluye con esos números que era obvio que todo está corrupto. Es un hecho que la corrupción existió en muchos árbitros. Pero el diablo está, literalmente, en los detalles.

Es más: un árbitro debe resolver, según la ley, el contrato y los hechos que le presentan las partes. Si el contrato se originó y los hechos involucraron corrupción, es posible que se sesgue aún más el resultado sin que los árbitros puedan modificarlo. El caso puede venir ya empaquetado.

En uno de los casos más sonados, el contrato tenía un procedimiento que decía que el valor lo calculaba Ositran y este lo liquidó bajo dos administraciones distintas. Los árbitros se limitaron a aplicar lo que decía el contrato, sin poder modificarlo.

Según las declaraciones del candidato a colaborador eficaz de la Fiscalía, el árbitro operador de Odebrecht (Horacio Cánepa) recibía el 1% de los laudos que se dictaran con el voto favorable de todos los árbitros, y que si la cosa se ponía difícil, Cánepa debía comunicarse con Odebrecht para encargarse de incentivar al árbitro que quisiera votar distinto. Ello implicaría que no era necesario corromper a todos los árbitros para obtener un resultado. Ni siquiera a una mayoría de ellos.

Y es que, para acusar y comer pescado, hay que tener mucho cuidado.

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