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Juan José Garrido,La opinión del directordirector@peru21.com

Los eventos, como sabemos, se remontan a finales de agosto, cuando el premier inicia una serie de invitaciones a la partidocracia local a fin de entablar un diálogo que reduzca el ruido político y brinde la estabilidad necesaria para el buen funcionamiento de nuestra democracia. Desde el saque, como vemos, la trama parte con un protagonista que, lamentablemente, es secundario para el contexto político del momento. Y es que, desde los inicios del actual gobierno, el mandatario optó por la confrontación con los principales partidos políticos. Un diálogo serio requería, casi obligaba, la imagen del presidente Humala.

A seguidilla se cristalizaron dos problemas adicionales: el primero, la falta de una agenda acotada a problemas concretos; el segundo, la desinteligencia en la convocatoria: primero a los amigos, luego a los inexistentes, para finalmente sentarse mueca de por medio con los partidos que realmente importaban en la pieza teatral. Para remate, el mandatario sale a ningunear el proceso, dejando al premier y a los convocados en off-side.

Después de este inicio, no podía ser otro el derrotero: acudieron personajes del olvido con propuestas variopintas, cada uno con su pliego de reclamos. Terminado el show, el premier ofreció la futura presencia del mandatario como si del Dalai Lama se tratara. Por supuesto, nadie esperaba que ello se concretara. El premier pasó, entonces, a ofrecer un diálogo al nivel técnico; léase, hasta acá llegamos.

La historia pudo acabar en eso: reuniones entre personajes de tercer nivel que lleguen a nada. De paso, no hubiese sido raro para nuestro nivel político. No obstante, los impulsos presidenciales jugaron nuevamente en contra, y como la oposición tiene más recorrido en el quehacer político, el diálogo se quebró como se esperaba, en un "todos contra todos". Menuda clase política la que tenemos.