El museo de la sonrisa permanente

Roberto Lerner

El museo de la sonrisa permanente. (Getty)

El museo de la sonrisa permanente. (Getty)

Roberto Lerner
Roberto Lerner

En las redes sociales reina la felicidad. Se la expone y, de tanto en tanto, se agradece o felicita. Los cuentahabientes actúan como curadores del “museo de la sonrisa y satisfacción permanentes de mí mismo”.

Pero el crecimiento de cuadros depresivos es sostenido. Existen más de 3 billones de usuarios, 40% de la población mundial. Hay algo que falla. Salvo que estemos, los virtuales, haciendo permanente publicidad engañosa de nosotros mismos.

La tristeza y otras emociones feas no siempre fueron consideradas vergonzosas. Los románticos del siglo XIX les dedicaron poemas y novelas. Los científicos del siglos XXI que siguen diariamente el estado emocional de las personas constatan que los afectos negativos no son sinónimo de malestar con la vida… en quienes saben apreciarlos y usarlos.

Nos han convencido de que uno tiene que deshacerse de los sentimientos desagradables. Sin embargo, cuando se producen como primera reacción —rabia e indignación frente a la injusticia— y uno los mira y asume, generan acción, crecimiento, se disipan naturalmente. De lo contrario, se sedimentan y pueden mantenerse por mucho tiempo, derivando en descontento y depresión.

Obviamente no estoy predicando la tristeza, sino planteando que al avergonzarse de ella, concentrarse en eliminarla para mantener el perfil de la felicidad inalterable y sostenida, nos perdemos las cuotas razonables de felicidad que contiene la vida.

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