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Roberto Lerner
Roberto Lerner

En algunos países ha aumentado el número de atropellos que sufren en las pistas los niños menores de 10 años. ¿La razón? Que no saben cruzarlas; es decir, no tienen suficiente experiencia en transitar de manera autónoma de una acera a la otra.

Es uno de los muchos indicadores de una crianza tan centrada en los peligros y concentrada en los riesgos, siempre a la sombra de todas las tragedias que repercuten medios y redes, que ha convertido a los padres en guardianes de pequeños corrales de los que sus hijos salen en expediciones organizadas por sus progenitores solos o con colegas de su grupo social o por especialistas en todos los campos imaginables.

El mundo se convierte, entonces, en una multitud de enclaves, algunos con fines de diversión, otros con fines académicos y hasta los hay para simular peligros, pero todos rodeados por el mundo real en cuyos linderos los menores solo ven letreros que advierten y describen todo lo malo que puede ocurrir a quien se atreve a cruzarlos.

De hecho, siempre hubo zonas seguras y territorios desde donde podía venir el invierno, pero los adultos no solo actuaban como guías de safari, facilitadores de espacios todo incluido o predicadores de desgracias, sino que enseñaban, con su ejemplo, a administrar el riesgo que significa la realidad y dejaban un margen a la exploración independiente de los niños, de manera que, al final, se podía establecer un equilibrio entre el mundo peligroso y el mundo interesante.

No podemos quejarnos si los chicos prefieren los espacios virtuales —para divertirse, explorar y aprender— a nuestros corrales y safaris.

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