Arqueología moral

Arqueología moral

Arqueología moral. (Getty Images)

Arqueología moral. (Getty Images)

Roberto Lerner
Roberto Lerner

Época de escrutinio. El pasado era una barrera que solo nuestra conciencia o testigos excepcionales podían penetrar. Mientras más poder teníamos, más seguros nos podíamos sentir, protegidos por pactos, reciprocidades y lealtades. Pero hoy, lo dicho y hecho regresa para confrontarnos. Todos nos hemos convertido en arqueólogos de la vida ajena, al mismo tiempo que ruinas y vestigios para la investigación de otros.

¿Puede haber alguien inmaculado desde el punto del vista moral? Siendo cínico, se puede decir que hasta la aparición de las redes sociales, cuando reinaba la privacidad de las urbes industriales, las transgresiones de baja intensidad podían pasar desapercibidas, las cataclísmicas llegaban al espacio público, y las intermedias asomaban o no según el poder de los transgresores.

Hoy, todos, unos más que otros, podemos aportar indicios o pruebas de conductas francamente delictivas, éticamente cuestionables, culturalmente rechazadas —en algunos casos hoy pero no ayer— o económicamente discutibles. Si a lo anterior le añadimos inconsistencias y contradicciones, amén de las modas pendulares y saberes convencionales, habrá una desilusión, en el mejor de los casos, para cada admiración, y, en el peor, un escándalo judicial.

Un ejercicio: si le hacen escuchar a tu pareja todas las conversaciones en las que la mencionas en su ausencia, ¿dormirías esa noche en tu casa? Entre ignorar el delito o la falta y saberlos, me voy por lo segundo, pero deberemos desarrollar marcos de análisis ético complejos, que permitan separar el trigo de la paja. No va a ser sencillo.

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