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Beto Ortiz,Pandemonio

Siempre pensé que era una especie de terror a la pobreza lo que hacía que algunos de mis amigos tomaran la decisión consciente de trabajar todo el puto día, siete días por semana –feriados incluidos. Que llegaran al extremo de aceptar cinco chambas a la vez, amén de giras, promociones, eventos corporativos, animaciones, asesorías, locuciones, conferencias y activaciones. Pensé que era el mero afán de acumular plata y más plata en el banco pero no, parece que no es eso. Ganando la cantidad absurda de plata que algunos de estos amigos ganan, no hay manera de que vuelvan a ser pobres, por mucho que lo intenten. Así que la única razón posible para condenarse a trabajar de esa ridícula manera ha de ser el terror que ha de producirles la sola posibilidad de existir. El cielo tiene playas donde evitar la vida. Qué pavor tener que volver a ser ellos mismos y verse obligados a experimentar el real sabor de sus vidas secretas. De esto hablaba en el ensayo de esta mañana con mis nuevos amigos, los actores, personas encantadoras a las que –como será evidente– envidio de todo corazón y con los que últimamente me codeo por razones que ya les contaré, al detalle, otro día. Los actores son gente afortunada. Tienen el mejor trabajo del mundo pues consiste, esencialmente, en no ser ellos, les pagan por tener la gentileza de nunca ser quienes son. Y ya se sabe que ser cualquier otro siempre será más divertido que ser uno todo el tiempo. Aunque con los actores, nunca se sabe. Nunca se sabe cuándo están siendo ellos de verdad y cuándo están actuando. Me atrevería a decir que algunos de ellos lo hacen tan a menudo y tan bien que, sin darse cuenta, se han vuelto incapaces de distinguir la diferencia.

Pienso, por ejemplo, en los actores gays enclosetados. ¿Estamos pensando en los mismos nombres? Desde luego. A ellos me refiero. ¿Se han puesto a pensar en lo complicada que habrá de ser la vida de un actor gay? Un actor gay que, en la ficción, debe fungir de galán y tiene que besar apasionadamente a la siliconeada doncella que le provoca tanto como le provocaba a Banderas arañarse las mejillas con la barba de Tom Hanks. Chamba es chamba, varón. Pero, ¿y una vez terminada la función?, ¿descansará por fin el impostor? Imposible. Porque, como el pobre actor gay está convencido de que nadie se ha dado cuenta de que él es gay, tendrá que seguir actuando y actuando amargamente, haciendo eternas horas extras, perdiendo verosimilitud, perdiendo intensidad, soñando con que alguna vez le toque hacer de gay mientras protagoniza, sin parar, la gran tragicomedia de su vida. Esta mañana nos tocó enfrentar el drama opuesto. Ensayábamos con Christian Esquivel y Michael Joan, dos tremendos actores (heterosexuales) que –prescindiendo del recurso barato de mariconear– debían convencernos de que estaban seduciéndose entre sí. Me sorprendió constatar qué difícil resultaba para otros lo que –alucino– me sería tan fácil: hacer de mí mismo. Pero, claro, los actores eran ellos y yo tenía que limitarme a mirar y aplaudir. Corrección: a mirar, aplaudir y sudar. Porque, desde que comenzaron a interpretar el texto, yo comencé a sudar a raudales como si alguien hubiera puesto la calefacción a cuarenta grados. Puta madre. No había sudado así ni en el debut del primer programa de mi vida. Ellos leían el guión y yo, sencillamente, me derretía sin remedio como un marciano de tamarindo bajo el sol. ¿Qué carajo me estaba pasando? Elemental: era la primera vez que alguien actuaba un texto que yo había escrito, de modo que me estaba desintegrando –por no decir, chorreando– de la emoción.

Que alguien se tome la molestia de leerte ya es demasiado pedir. Que, encima, te memorice y te recite y le entregue su cuerpo y su alma y todo su ser a ese texto que has escrito, olvídense, es la raja. Yo los escuchaba y los contemplaba absolutamente extasiado. Muerto de felicidad y de miedo, de orgullo y de vergüenza al mismo tiempo. Sintiendo que todo era, a la vez, propio y ajeno. De rato en rato, los actores me hacían sentir importante preguntándome cosas, como si yo supiera algo de actuación, como si tuviera alguna idea sobre algo: ¿Cómo diría estas líneas el personaje? ¿Conmovido o cínico? ¿Irónico o despechado? Qué se yo, ya no me acuerdo, ese personaje era joven cuando lo escribí, el país era otro, yo era otro, nunca los escribí para ser leídos en voz alta, ya no reconozco nada, ha pasado tanta agua bajo los puentes, tanto pan por rebanar, tanta leche derramada, qué se yo. El día que conocí a Sofía Rocha le dije: "Yo estudié en tu colegio. Soy de tu promoción." "¿En serio?" –se sorprendió– "Sorry. No me acuerdo de ti." "No te preocupes" –le dije– "Nadie se acuerda. Yo, en el colegio, no existía." Desde el primer día en que la vi comerse el mundo delante de una cámara supe que pronto tendría que inventar algún pretexto para hacer cualquier cosa a su lado. Y listo, voilá, ya lo inventé. Es algo que solo me pasa con mis personas favoritas. Dentro de mi inventario de exitazos súper bailables estará el de haber actuado a su costado. Un lujazo. Esta mañana, mientras ensayábamos pasó algo insólito que solo puedo interpretar como un buen presagio. Un predicador alucinado irrumpió –nadie sabe cómo– en la sala de arte, blandiendo las fotocopias de un manifiesto apocalíptico (que nos prometía las siete plagas) justo en el mágico momento en que a Sofía le tocaba preguntarme: "¿A quién te estás cachando?" Cual Mesías echando del templo a los mercaderes, el loco místico exclamó: "¡Un momento! ¡Les traigo un mensaje del Señor!" A lo que ella –con la mayor naturalidad del mundo– retrucó: ¿Ah, sí? ¿De cuál señor?

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