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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Tenemos que adaptarnos a las reglas, guiones y rutinas definidos por la sociedad. Elemental. Éstos obedecen a razones prácticas, sabiduría convencional o arbitrariedad. Y no pasa nada. En ocasiones, nuevos conocimientos obligan a repensarlos.

Por ejemplo, ¿por qué tienen los chicos que comenzar clases a las 8 de la mañana? Considerando distancias y otras cuestiones logísticas, quiere decir que el sonido de los despertadores irrumpe en pliegues del sueño y sábanas a eso de las 6 a.m.

Ya hace algunos años se viene diciendo que la vida moderna y la acumulación frenética de actividades —talleres, videojuegos, terapias, etc.— ha terminado por acortar el sueño de niños y adolescentes; y que eso podría tener incidencia en problemas de aprendizaje y conducta.

Púberes y adolescentes suscitan especial atención. Entre los 12 y 20 años las personas tendemos a cerrar los ojos en la noche y abrirlos en la mañana, más tarde. La tendencia se revierte y regresamos al horario de niños hacia los 55 años. En otras palabras, la alarma a las 6 a.m. durante la educación secundaria equivale a las 4 de la madrugada para un cincuentón.

Hormonas, reloj biológico, reglas más relajadas en el hogar, estimulación social a toda hora y oferta lúdica ininterrumpida quitan horas a un sueño que debería durar 9 horas, lo que produce adolescentes irritables, impacientes, hambrientos, con altos niveles de cortisol y glucosa. Ya hay varias escuelas, en Estados Unidos e Inglaterra, que, además de educar a las familias sobre la importancia de bien dormir, comienzan el día de clases a las 10 a.m. Los resultados han sido alentadores.