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Ariel Segal,Opina.21Arielsegal@hotmail.com

El ministro de Cultura persa ha acusado a la película Argo de ser antiiraní, cuestión que hubiese dicho Al Qaeda si ganaba La noche más oscura –la odisea para encontrar y liquidar a Bin Laden– o, incluso, los republicanos de EE.UU. hubiesen podido aducir que el Lincoln, de Spielberg, busca presentar un sutil y exagerado paralelismo del presidente que abolió la esclavitud con el primer negro en la Casa Blanca, quien también busca convencer al país de que sus propuestas políticas son históricas.

Desde hace muchos años, Hollywood es lo contrario a Washington, y apuesta a lo "no políticamente correcto" en la mayoría de sus filmes. Lo extraño del reciente Oscar fue que la agenda del gremio del cine de EE.UU. coincidió con la de la administración de Obama al presentar como favoritas a tres películas que exaltan lo mejor de espíritu de su país no sin importantes cuotas de autocrítica: la tenacidad, la eficiencia y la lucha por los ideales (en Argo, el rescate de compatriotas amenazados de muerte; en La noche… la larga caza del terrorista más buscado por la CIA, y en Lincoln, la lucha por concretar un ideal humanista en tiempos cruentos de guerra civil), pero, a su vez, en Argo, su prólogo asume la responsabilidad de Estados Unidos en la cruenta tiranía del Shah; el uso de la tortura en el filme sobre Bin Laden, y la compra de votos para lograr objetivos políticos en Lincoln. Trabajo en equipo y liderazgo individual es el leitmotiv de estas películas.

Esta coincidencia entre Washington y Hollywood fue tan notoria que Michelle Obama leyó el nombre de la película ganadora, Argo, que cuenta el rescate, en 1979, de seis diplomáticos de EE.UU. escondidos en la residencia del embajador de Canadá por parte del agente Tony Méndez, quien se rebeló ante una enmarañada CIA y logró un final feliz.

Lo anterior y la actual tensión con Irán son razones para un Oscar. Ergo, Argo.