Las mujeres en España podemos estar tranquilas. Por un momento pudimos creer que, por el hecho de no incluir un lenguaje desdoblado, la Constitución española, más democrática, más justa y más efectiva, nos habría omitido. No hay tal.

Es decir, que cuando proclama que “todos” tienen derecho a la vida, comprende a hombres y mujeres. Si prohíbe que “nadie” puede ser sometido a torturas, la prohibición protege a los unos y también a las otras. Y si habla de que el Gobierno lo forman los ministros, de ello no se infiere que las mujeres no puedan acceder al cargo (el cargo es masculino; quien lo ocupe será hombre o mujer).

Bien es verdad que habla de “rey” y no de “reina”, o de “presidente”, y no de “presidenta”. Pero no excluye la posibilidad de que una mujer reine o llegue a la presidencia.

Hay que agradecer a los académicos, a quienes el gobierno sometió la consulta, que hayan explicado lo que significa el “lenguaje inclusivo” porque de tanto usarse, empieza uno (o una) a perderse en la semántica de las palabras.

Según la RAE, tan inclusivo es el lenguaje que recurre al masculino genérico para referirse a hombres y mujeres, sin distinción ni exclusión, como aquel que, para que quede claro que la expresión incluye a las mujeres, recurre al doblete: vecinos y vecinas; hijos e hijas, etc. El constituyente optó por la primera opción, que es la que está en el uso cotidiano del lenguaje, que no desea, en términos normales, llegar a la exageración del artículo 41 de la Constitución de Venezuela; que de tanto desdoblar, o condena al lector a verse literalmente ahogado en el esfuerzo de citar a unos y unas, o a clamar porque vaya rauda la Academia de la Lengua y repare tanto estropicio (o “estropicia”).

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